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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Morir, porque no queda otra forma de vivir






















Morir queriendo,
morir de querencias, de quereres y cariños,
morir de la curiosidad
de querer saber qué es lo que pensás,
lo que sentís, lo que comés, lo que respirás,
morir de sueño
del sueño profundo, del sueño de todos los días,
del sueño que estuvieras siempre mirándome
y mirándote hasta que todas las luces se apaguen
y empieze un día nuevo,
morir de hambre,
morir de envidia,
porque sí, porque me nace de muy adentro,
morir porque los principios se acaban
y los finales siempre llegan,
morir de finales largos y clavados como puñales,
de finales esperados e inesperados,
de finales como vidrios que se quiebran,
de finales sonoros y aparatosos,
de finales en silencio, finales como plumas que caen.

Morir porque no queda otra forma de vivir,
morir como hecho inesperado,
morir de hambre,
morir de lo mismo de siempre,
morir de lo que dice la gente,
morir al respirarte,
morir cuando no te respiro,
morir de ti y de mi,
enhebrando juntos una historia
sin horizonte conocido,
con un paisaje lejano
que se le aleja y se aleja

y se aleja

Morir porque te tengo y no,
morir porque te escapás,
morir como un refugio,
morir como un estigma,
morir porque se me acaba el aire.

Morir porque se me acaban las palabras,
los minutos, las sonrisas y los días,
morir como un simulacro,
morir de verdades y de mentiras.

Morir de canciones y poemas,
de todas la letras que le dan sentido,
de todas las letras que fueron, vinieron y son,
morir de la risa que reís junto a mí.

morir como si nada
morir cada vez que nos decimos adiós


morir

simplemente morir

morir y morirte

morir deshauciada

morir

martes, 5 de abril de 2016

Hace dieciséis años

Era miércoles y piedra sobre piedra.
























El sol quemaba, el sombrerito de turista. El Mar de Galilea ya no era un cuento que contaron en la Biblia. Sonrisa sincera, pelo corto, el mar que no es mar; tranquilo y suave como no pudo haber sido el día que Jesús caminó sobre el. Un ferry llamado Lido, como el pan, sí como el pan, abriéndose camino por la mañana, con los "ohs" de los gringos, dejando atrás Tiberias con casitas blancas, olores a pescado, tristezas que estaba lejos de descubrir.

Hace diesiséis años era miércoles y poso con los brazos cruzados frente a la iglesia que fue levantada en donde Jesús dijo "Beati pauperes spiritu: quoniam ipsorum est regnum cælorum."Aunque probablemente no lo dijo así, no en latín, si no que en arameo, o vaya usté a saber en qué dioma. Una iglesia con vitrales y santos y bancas de madera, como todas las iglesias, y una negra nalgona a mi derecha buscando algo en su bolso, grande, inmenso, infinito. Una iglesia rodeada de palmeras, no palmeras de coco como las nuestras, palmeras de dátiles y cosas como esas, palmeras extrañas, creciendo entre flores rojas, jardínes inmesos donde hace dos mil años pasaron cosas. Cosas de no creer hasta ver y así para siempre creer o no.

Hace diesiséis  años era miércoles y un guía judío llamado Didier Stroz, arqueólogo polaco que hablaba ocho idiomas y era pequeño y algo calvo; nos hablaba en Capernaum con biblia en mano, cual libro de historia: Mateo y Marco y Mateo y otra vez Marco 2:1. Y debajo de una piedra, cerca de las ruinas de algunas columnas que probablemente fueron romanas, debajo, sí, allí, por allí; la supuesta casa del que fuera José, el que fuera el papá de Cristo, sí, ese mismo, el que dicen y cuentan que era carpintero. Ruinas y más ruinas y palmeras, más palmeras por todos lados.

Hace diesiséis  años era miércoles y me escondía para fumarme un cigarro detrás de la iglesia de Tabgha, las paredes eran de mármol café, café claro, envejecidas, construidas viejas como todo en Israel. Las paredes estaban extrañamente heladas, difusamente limpias, como recién levantadas. En el fondo del ala de la iglesia, debajo del altar, cubiertas con vidrio de varias pulgadas de espersor para protegerlos de los años, el deterioro y las multitudes; los mosaicos bizantinos representando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Tabgha también con sus columnas. Columnas por todos lados y el frío extraño de sus paredes y platos de cerámica reproduciendo el milagro para llevar de recuerdo. Como recuerdo de ese viaje. Milagros de mentiras.

Hace diesiséis  años era miércoles y Didier contaba sus historias en el bus en inglés y después en español. Lo mismo, igualmente traducido, las mismas palabras, los mismos datos en el mismo orden y nadie más lo notaba, porque los cuarenta gringos no hablaban español y los cuatro colombianos no hablaban inglés. Y yo ponía atención en los dos idiomas y trataba de descubrir en el cuento del polaco alguna equivocación, pero nunca, no, no se equivocaba; la misma historia en inglés y en español, la misma historia dos veces narrada, dos veces escuchada. Y molinos de viento. Y árboles rosados delimitando la frontera con Siria. Otro mundo y otras guerras. Guerras extrañas y ruinas de casas. Otras tristezas, tantas. Guerras en un país tan pequeño como el nuestro. Desierto y el Golán nevado, todo en el mismo paisaje. Todo allí mismo y no.

Hace diesiséis  años era miércoles y la muerte desconocida. Miraba el atardecer de casa incendiándose desde la ventana del cuarto de hotel, el atardecer de techos con paneles solares, una ciudad de ruidos desconocidos, voces en otros idiomas, historias descoloridas.

Hace diesiséis  años era miércoles a las once de la noche en Israel y jueves en la tarde en El Salvador. El internet no era tan accesible como hoy en día. Uno hablaba por teléfono y me costó dos noches entender cómo se hablaba a El Salvador. 

Era jueves aquí y miércoles allá.

Mi papá estaba en el hospital desde cuatro días atrás.

Era jueves aquí y miércoles allá y le hable a mi hermana para preguntar por él. La tristeza es incierta, la muerte sorpresiva. Las palabras no se entienden. 

"Ay... Ayer lo enterramos". 

Eso dijo.
Hace diesiséis años.