jueves, 26 de mayo de 2016
El Segundo de la Novena.
Mi papá oía música clásica. Lo he contado muchos veces, creo. Se sentaba en la oscuridad de la sala con los ojos cerrados a oír discos - esos a los que ahora les llaman vinyles, sí, papá era muy hipster -. Quizás por esa razón se me pegó y me llegó a gustar tanto la clásica que desde bien pequeña ya me sabía algunas piezas y sus autores.
Y quizás por su música que refleja es estado de su espíritu atormentado, desde siempre me incliné mucho por Beethoven. El Beethoven querido con sus patéticas y sus apasionatas, con su destino llamando a la puerta, con sus altos y bajos, con toda la locura y la pasión de alguien que nunca comprendió ni se supo adaptar bien a este mundo.
Yo tenía alrededor de 20 años en mi momento máximo de soledad, cuando me costaba un poco y un tanto adaptarme a la gente y prefería sentarme con un libro, una película o a escuchar música que a perder el tiempo entre conversaciones en las que no podía participar, ni podía entender. - Hey, sí, alguna vez en la vida todos hemos sido así de snobs -.
La cuestión es que tenía alrededor de 20 años y me iba yo sola a los "toques" de la Sinfónica, a veces me atravesaba a pie todo el centro, sí, en aquella época en que estaba bien y no pasaba nada. Y era un sábado en la tarde o algún día en la tarde y no recuerdo si la melodía sonó con la lluvia o la lluvia cayó con la melodía de fondo; pero recuerdo estar sentada frente a una ventana viendo caer un diluvio con el Segundo Movimiento de la Novena Sinfonía
Y no sé si fue mi imaginación o qué, pero la lluvia sonaba como la melodía o viceversa y desde entonces siempre que la escucho me suena a tormenta, emoción, viento, enormes gotas de agua cayendo, un río bajando por la calle, agua golpeando las ventanas. Y este movimiento - no tan conocido por la gente como el Cuarto, sí la famosísima Oda de Schiller - me suena como a una de las cosas más emocionantes de la vida.
Si nunca la han oído, dénse la oportunidad. Hay cosas maravillosas. Esta es una de ellas.
martes, 5 de abril de 2016
¿Saben qué cae mal, demasiado mal?
Que un hombre haga la bromita de que, ajá, tenés todo el "patrocinio" para dedicarte a poner tu propio negocio, porque estás casada, y ajá, eso significa que tenés un hombre que te mantiene, o que mantiene a tu familia mientras te dedicás a soñar en tu "casitllito". Como si los logros de una mujer casada no fueran iguales de importantes o relevantes que los de un hombre.
No es la primera vez que soy objeto de esas insinuaciones. De hecho, como que estar casada fuera algún tipo de impedimento para poder sobresalir en cualquier cosa, y es que en algún momento, alguien también me comentó que mi situación laboral no es la misma que la de una mujer soltera, porque ajá, yo tengo "un marido que me puede mantener". Así.
Y bueno, esto era un tuit, pero, obvio, no me cupo la queja en 140 caracteres. Durante alrededor de tres meses he dedicado toda mi vida y energía a este proyecto, he seguido aportando, sin faltar un cinco a la parte que me corresponde como la mitad responsable de una familia, he ido a más de 6 capacitaciones, la mayoría en temas como finanzas, admisnitración, nuevos negocios, etc., las cuales me he pagado yo misma, o han salido del plan financiero de la empresa.
Así que, digamos, me siento plena, orgullosa, fuerte, capaz; pero sobre todo eso: satisfecha de todo lo logrado. Y ajá, esta era solo una espinita que me quería sacar del corazón para poder irme a dormir tranquila y en paz, como todas las noches desde hace tres meses en que mi tiempo y mi vida me pertenecen a mí, y no a ninguna burocracia estancada del siglo 20.
No es la primera vez que soy objeto de esas insinuaciones. De hecho, como que estar casada fuera algún tipo de impedimento para poder sobresalir en cualquier cosa, y es que en algún momento, alguien también me comentó que mi situación laboral no es la misma que la de una mujer soltera, porque ajá, yo tengo "un marido que me puede mantener". Así.
Y bueno, esto era un tuit, pero, obvio, no me cupo la queja en 140 caracteres. Durante alrededor de tres meses he dedicado toda mi vida y energía a este proyecto, he seguido aportando, sin faltar un cinco a la parte que me corresponde como la mitad responsable de una familia, he ido a más de 6 capacitaciones, la mayoría en temas como finanzas, admisnitración, nuevos negocios, etc., las cuales me he pagado yo misma, o han salido del plan financiero de la empresa.
Así que, digamos, me siento plena, orgullosa, fuerte, capaz; pero sobre todo eso: satisfecha de todo lo logrado. Y ajá, esta era solo una espinita que me quería sacar del corazón para poder irme a dormir tranquila y en paz, como todas las noches desde hace tres meses en que mi tiempo y mi vida me pertenecen a mí, y no a ninguna burocracia estancada del siglo 20.
Hace dieciséis años
Era miércoles y piedra sobre piedra.
El sol quemaba, el sombrerito de turista. El Mar de Galilea ya no era un cuento que contaron en la Biblia. Sonrisa sincera, pelo corto, el mar que no es mar; tranquilo y suave como no pudo haber sido el día que Jesús caminó sobre el. Un ferry llamado Lido, como el pan, sí como el pan, abriéndose camino por la mañana, con los "ohs" de los gringos, dejando atrás Tiberias con casitas blancas, olores a pescado, tristezas que estaba lejos de descubrir.
Hace diesiséis años era miércoles y poso con los brazos cruzados frente a la iglesia que fue levantada en donde Jesús dijo "Beati pauperes spiritu: quoniam ipsorum est regnum cælorum."Aunque probablemente no lo dijo así, no en latín, si no que en arameo, o vaya usté a saber en qué dioma. Una iglesia con vitrales y santos y bancas de madera, como todas las iglesias, y una negra nalgona a mi derecha buscando algo en su bolso, grande, inmenso, infinito. Una iglesia rodeada de palmeras, no palmeras de coco como las nuestras, palmeras de dátiles y cosas como esas, palmeras extrañas, creciendo entre flores rojas, jardínes inmesos donde hace dos mil años pasaron cosas. Cosas de no creer hasta ver y así para siempre creer o no.
Hace diesiséis años era miércoles y un guía judío llamado Didier Stroz, arqueólogo polaco que hablaba ocho idiomas y era pequeño y algo calvo; nos hablaba en Capernaum con biblia en mano, cual libro de historia: Mateo y Marco y Mateo y otra vez Marco 2:1. Y debajo de una piedra, cerca de las ruinas de algunas columnas que probablemente fueron romanas, debajo, sí, allí, por allí; la supuesta casa del que fuera José, el que fuera el papá de Cristo, sí, ese mismo, el que dicen y cuentan que era carpintero. Ruinas y más ruinas y palmeras, más palmeras por todos lados.
Hace diesiséis años era miércoles y me escondía para fumarme un cigarro detrás de la iglesia de Tabgha, las paredes eran de mármol café, café claro, envejecidas, construidas viejas como todo en Israel. Las paredes estaban extrañamente heladas, difusamente limpias, como recién levantadas. En el fondo del ala de la iglesia, debajo del altar, cubiertas con vidrio de varias pulgadas de espersor para protegerlos de los años, el deterioro y las multitudes; los mosaicos bizantinos representando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Tabgha también con sus columnas. Columnas por todos lados y el frío extraño de sus paredes y platos de cerámica reproduciendo el milagro para llevar de recuerdo. Como recuerdo de ese viaje. Milagros de mentiras.
Hace diesiséis años era miércoles y Didier contaba sus historias en el bus en inglés y después en español. Lo mismo, igualmente traducido, las mismas palabras, los mismos datos en el mismo orden y nadie más lo notaba, porque los cuarenta gringos no hablaban español y los cuatro colombianos no hablaban inglés. Y yo ponía atención en los dos idiomas y trataba de descubrir en el cuento del polaco alguna equivocación, pero nunca, no, no se equivocaba; la misma historia en inglés y en español, la misma historia dos veces narrada, dos veces escuchada. Y molinos de viento. Y árboles rosados delimitando la frontera con Siria. Otro mundo y otras guerras. Guerras extrañas y ruinas de casas. Otras tristezas, tantas. Guerras en un país tan pequeño como el nuestro. Desierto y el Golán nevado, todo en el mismo paisaje. Todo allí mismo y no.
Hace diesiséis años era miércoles y la muerte desconocida. Miraba el atardecer de casa incendiándose desde la ventana del cuarto de hotel, el atardecer de techos con paneles solares, una ciudad de ruidos desconocidos, voces en otros idiomas, historias descoloridas.
Hace diesiséis años era miércoles a las once de la noche en Israel y jueves en la tarde en El Salvador. El internet no era tan accesible como hoy en día. Uno hablaba por teléfono y me costó dos noches entender cómo se hablaba a El Salvador.
Era jueves aquí y miércoles allá.
Mi papá estaba en el hospital desde cuatro días atrás.
Era jueves aquí y miércoles allá y le hable a mi hermana para preguntar por él. La tristeza es incierta, la muerte sorpresiva. Las palabras no se entienden.
"Ay... Ayer lo enterramos".
Eso dijo.
Hace diesiséis años.
El sol quemaba, el sombrerito de turista. El Mar de Galilea ya no era un cuento que contaron en la Biblia. Sonrisa sincera, pelo corto, el mar que no es mar; tranquilo y suave como no pudo haber sido el día que Jesús caminó sobre el. Un ferry llamado Lido, como el pan, sí como el pan, abriéndose camino por la mañana, con los "ohs" de los gringos, dejando atrás Tiberias con casitas blancas, olores a pescado, tristezas que estaba lejos de descubrir.
Hace diesiséis años era miércoles y poso con los brazos cruzados frente a la iglesia que fue levantada en donde Jesús dijo "Beati pauperes spiritu: quoniam ipsorum est regnum cælorum."Aunque probablemente no lo dijo así, no en latín, si no que en arameo, o vaya usté a saber en qué dioma. Una iglesia con vitrales y santos y bancas de madera, como todas las iglesias, y una negra nalgona a mi derecha buscando algo en su bolso, grande, inmenso, infinito. Una iglesia rodeada de palmeras, no palmeras de coco como las nuestras, palmeras de dátiles y cosas como esas, palmeras extrañas, creciendo entre flores rojas, jardínes inmesos donde hace dos mil años pasaron cosas. Cosas de no creer hasta ver y así para siempre creer o no.
Hace diesiséis años era miércoles y un guía judío llamado Didier Stroz, arqueólogo polaco que hablaba ocho idiomas y era pequeño y algo calvo; nos hablaba en Capernaum con biblia en mano, cual libro de historia: Mateo y Marco y Mateo y otra vez Marco 2:1. Y debajo de una piedra, cerca de las ruinas de algunas columnas que probablemente fueron romanas, debajo, sí, allí, por allí; la supuesta casa del que fuera José, el que fuera el papá de Cristo, sí, ese mismo, el que dicen y cuentan que era carpintero. Ruinas y más ruinas y palmeras, más palmeras por todos lados.
Hace diesiséis años era miércoles y me escondía para fumarme un cigarro detrás de la iglesia de Tabgha, las paredes eran de mármol café, café claro, envejecidas, construidas viejas como todo en Israel. Las paredes estaban extrañamente heladas, difusamente limpias, como recién levantadas. En el fondo del ala de la iglesia, debajo del altar, cubiertas con vidrio de varias pulgadas de espersor para protegerlos de los años, el deterioro y las multitudes; los mosaicos bizantinos representando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Tabgha también con sus columnas. Columnas por todos lados y el frío extraño de sus paredes y platos de cerámica reproduciendo el milagro para llevar de recuerdo. Como recuerdo de ese viaje. Milagros de mentiras.
Hace diesiséis años era miércoles y Didier contaba sus historias en el bus en inglés y después en español. Lo mismo, igualmente traducido, las mismas palabras, los mismos datos en el mismo orden y nadie más lo notaba, porque los cuarenta gringos no hablaban español y los cuatro colombianos no hablaban inglés. Y yo ponía atención en los dos idiomas y trataba de descubrir en el cuento del polaco alguna equivocación, pero nunca, no, no se equivocaba; la misma historia en inglés y en español, la misma historia dos veces narrada, dos veces escuchada. Y molinos de viento. Y árboles rosados delimitando la frontera con Siria. Otro mundo y otras guerras. Guerras extrañas y ruinas de casas. Otras tristezas, tantas. Guerras en un país tan pequeño como el nuestro. Desierto y el Golán nevado, todo en el mismo paisaje. Todo allí mismo y no.
Hace diesiséis años era miércoles y la muerte desconocida. Miraba el atardecer de casa incendiándose desde la ventana del cuarto de hotel, el atardecer de techos con paneles solares, una ciudad de ruidos desconocidos, voces en otros idiomas, historias descoloridas.
Hace diesiséis años era miércoles a las once de la noche en Israel y jueves en la tarde en El Salvador. El internet no era tan accesible como hoy en día. Uno hablaba por teléfono y me costó dos noches entender cómo se hablaba a El Salvador.
Era jueves aquí y miércoles allá.
Mi papá estaba en el hospital desde cuatro días atrás.
Era jueves aquí y miércoles allá y le hable a mi hermana para preguntar por él. La tristeza es incierta, la muerte sorpresiva. Las palabras no se entienden.
"Ay... Ayer lo enterramos".
Eso dijo.
Hace diesiséis años.
sábado, 20 de febrero de 2016
Cuando era pequeña quería ser trapecista
y de cómo Strauss te llena de alegría una mañana de sábado
Cuando era pequeña quería ser trapecista. Mis padres, sorprendidos por tan tierna revelación -tenía cinco o seis años, creo-, hicieron lo más lógico posible en aquellas épocas para acercarme a mi sueño: me inscribieron en ballet en la Escuela Nacional de Danza.
Ajá
trapecista-ballet
trapecista-ballet
trapecista-ballet
¿Entienden?
Al parecer sí me gustaba, pero los recuerdos más cercanos que tengo a los primeros días de ballet son sol y calor. Sí, la clase era a las dos de la tarde. Sol y calor. Y muchas niñas fufurufas con zapatos Dr. Scholls, unos de madera carísimos que servían para "subrayar" el arco del pie. Yo no necesitaba subrayar el arco, era -o es- demasiado exagerado; y aunque hubiera sido, nunca me hubiera puesto unas sandalias tan feas.
En fin. Usábamos mallas rosa y leotardo negro y mi primera maestra de ballet se llamaba Carmencita. Tenía pelo corto y un acento extraño por entonces, creo que habrá sido de algún país sudamericano o algo así y por alguna razón, a pesar de que yo era la niña más tímida y callada en la historia de la humanidad; era una de sus preferidas. La Carmencita se sentaba conmigo a platicar mientras esperaba a que llegaran por mí y a veces mi papá llegaba y me compraba mango en bolsa o minuta, pero cuando llegaba alguno de mis hermanos, no. Ellos llegaban a coquetear con las bichas de los últimos años.
El asunto es que la Carmencita me regaló un libro. Creo que el primer libro en mi vida. Era Corazón de Edmundo De Amicis. Y, bueno, creo que eso marcó mi vida, o al menos dio la inicio a una gran amistad con la lectura, las letras y los libros; y gracias a la tía que trabajaba en una librería, seguí leyendo un montón: Julio Verne, Lois May Alcott, Sir Walter Scott... Ustedes solo digan. Mi tía nos regalaba libros para todos los cumpleaños. A la tierna edad de 11 años leí María de Jorge Isaacs. Ya saben esa novela... Como de mil páginas y descripciones en hojas y hojas y hojas que nunca terminan. Y, ajá, tenía un cuaderno en donde iba anotando todas las palabras que no entendía -que eran muchas- y luego la buscaba en un diccionario. Un año después comencé con mi primer e inocente intento de novela. Riánse, sí. A esa edad decidí que me gustaba escribir.
Y veamos...
Les estoy contando todo esto, porque ahora en la mañana al levantarme e ir por mi primera taza de café, me dio un antojo de Strauss. Y con él vienen esos montones de recuerdos del ballet, del grupo de danza del colegio, en el que mi hermana y yo éramos las estrellas -claro, porque éramos baletistas de la Escuena Nacional- y bailábamos Rosas del Sur en vestiditos de tul rosado con lentejuelas en el pecho y moños altos que nos achinaban los ojos. Y recuerdos también del disco de Strauss de papá, el mismo vinyl que ahora yo tengo. Y de cómo ese papá se sentaba en la oscuridad por las noches a oír los valses y los nocturnos de Chopin y de cómo yo lo veía por un agujerito de la puerta de mi cuarto, él con los ojos cerrados y moviendo la cabeza de un lado a otro al ritmo ese de Strauss.
Strauss, querido, cuánto recuerdo feliz.
Cuánta alegría.
miércoles, 17 de febrero de 2016
Las personas que olvidaste
Le sonrió con los ojos llenitos de ayer
no era así su cara ni su piel
tú no eres quien yo espero
¿Se acuerdan de esa canción? ¿Esa canción de Joan Manuel Serrat? Esa de la amada esperando a su amado por años, viviendo la ilusión de ese pasado que fue lindo-inolvidable y que cuando el amor llega miles de miles de años después no lo reconoce, tú no eres quien yo espero, le dice.
Así de triste. Porque vamos por la vida conociendo gente. Gente que solo pasa, gente que ni siquiera pasa, gente con la que convivís... Gente en la que decidís quedarte. Y eso de quedarte se refiere no solo a amores, de esos amores que pueden durar años mientras te seguís preguntando que hubiera pasado si... No, me refiero a cariños, a amistades, a quereres que de tan simples se vuelven eternos. Esos cariños que pudieran ser perfectos, esas personas en las que invertís tiempo, dedicación, y por qué no decirlo amor, amor sincero. Esas personas para las que estás no importa qué. Esas personas en las que, como dije antes, has decidido quedarte porque creés, porque confiás, porque te hacen sentir bien, porque son un oasis, porque podés pasar horas y horas y horas hablando con ellas. Ese amor, cariño, amistad o encuentren la palabra trascendental con la que quieran llamarlo; porque cosas así no pasan todos los días, ¿Y saben por qué no pasan todos los días? Porque uno mismo le da la trascendencia a las cosas. Uno decide qué quiere que sea importante y qué no.
No sé ustedes, pero yo, cuando decido a quién querer, quiero de una manera tan intensa y despiadada que ni yo misma me soporto. Y confío que el otro u otra o quien sea, sea igual de regreso. Pero no, amiguitos. La vida no es así. Y cuando después de -¿qué?- dos, tres años, seguís tratando de escarbar en una relación que ya no da para más, tratando de encontrar a la persona que quisiste, con la compartiste tanto, con la que fuiste lo que siempre te enseñaron a ser, con la que hubieras podido compartir toda una vida de risas, chistes malos, sarcasmos, filosofadas, o solo la tontería esa de ser y estar porque sos un ser vivo; y por más que tratás ya no lo encontrás. Es momento de decidir pasar a otra cosa.
Porque ajá, ya no es la persona que quisiste. Es una persona extraña, dañina, que solo sabe criticar, hacer chistes acerca de vos o tu familia, te deja por último en su lista de prioridades, llega con esa ínfulas de saberlo todo, de ya no necesitar conocer más, y de no reconocer todo lo que vos hiciste por su ínfima vida. Así es. Así de simple y concreto.
¿Por qué, cariños?
Porque hay gente que ha vivido tan poco, aunque trate de creer lo contrario, que no sabe cómo querer. Tristemente, NO SABE COMO QUERER, dije. Mucho menos saben cómo ser querida.
Así de simple y concreto. dije.
Y por mucho que vos hayas querido, los vas dejando allí, entre las personas que decidís olvidar. Porque ya no queda más. Nada más.
no era así su cara ni su piel
tú no eres quien yo espero
¿Se acuerdan de esa canción? ¿Esa canción de Joan Manuel Serrat? Esa de la amada esperando a su amado por años, viviendo la ilusión de ese pasado que fue lindo-inolvidable y que cuando el amor llega miles de miles de años después no lo reconoce, tú no eres quien yo espero, le dice.
Así de triste. Porque vamos por la vida conociendo gente. Gente que solo pasa, gente que ni siquiera pasa, gente con la que convivís... Gente en la que decidís quedarte. Y eso de quedarte se refiere no solo a amores, de esos amores que pueden durar años mientras te seguís preguntando que hubiera pasado si... No, me refiero a cariños, a amistades, a quereres que de tan simples se vuelven eternos. Esos cariños que pudieran ser perfectos, esas personas en las que invertís tiempo, dedicación, y por qué no decirlo amor, amor sincero. Esas personas para las que estás no importa qué. Esas personas en las que, como dije antes, has decidido quedarte porque creés, porque confiás, porque te hacen sentir bien, porque son un oasis, porque podés pasar horas y horas y horas hablando con ellas. Ese amor, cariño, amistad o encuentren la palabra trascendental con la que quieran llamarlo; porque cosas así no pasan todos los días, ¿Y saben por qué no pasan todos los días? Porque uno mismo le da la trascendencia a las cosas. Uno decide qué quiere que sea importante y qué no.
No sé ustedes, pero yo, cuando decido a quién querer, quiero de una manera tan intensa y despiadada que ni yo misma me soporto. Y confío que el otro u otra o quien sea, sea igual de regreso. Pero no, amiguitos. La vida no es así. Y cuando después de -¿qué?- dos, tres años, seguís tratando de escarbar en una relación que ya no da para más, tratando de encontrar a la persona que quisiste, con la compartiste tanto, con la que fuiste lo que siempre te enseñaron a ser, con la que hubieras podido compartir toda una vida de risas, chistes malos, sarcasmos, filosofadas, o solo la tontería esa de ser y estar porque sos un ser vivo; y por más que tratás ya no lo encontrás. Es momento de decidir pasar a otra cosa.
Porque ajá, ya no es la persona que quisiste. Es una persona extraña, dañina, que solo sabe criticar, hacer chistes acerca de vos o tu familia, te deja por último en su lista de prioridades, llega con esa ínfulas de saberlo todo, de ya no necesitar conocer más, y de no reconocer todo lo que vos hiciste por su ínfima vida. Así es. Así de simple y concreto.
¿Por qué, cariños?
Porque hay gente que ha vivido tan poco, aunque trate de creer lo contrario, que no sabe cómo querer. Tristemente, NO SABE COMO QUERER, dije. Mucho menos saben cómo ser querida.
Así de simple y concreto. dije.
Y por mucho que vos hayas querido, los vas dejando allí, entre las personas que decidís olvidar. Porque ya no queda más. Nada más.
lunes, 11 de enero de 2016
Instrucciones para volver a armarse
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible
por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto
de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto
de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Julio Cortázar
Para comenzar, darse cuenta de que uno se ha desarmado tampoco es una tarea fácil. Te das cuenta del asombro de que tu partes ya no pertenecen unas con otra, cuando una mañana cualquiera las piernas ya no le responden al cerebro y, por ninguna razón quieren levantarse de la cama. Claro, romperse no es cosa de todos los días y no hay que alarmarse pensando que uno va a tener que pasar por este proceso tantas veces al mes o al año. No, romperse viene de un momento trascendental en el que una parte tuya se va con cada evento desafortunado que se sucede uno tras otro. Las partes van quedando por allí tiradas. Cuidado, la reconstrucción siempre es posible. Solo hay que tener la precisión de ir recogiendo una a una las partes, como niñito recolectando piedras en una playa, y guardarlas en un lugar seguro, fresco y abierto en donde luego se puedan extender para realizar el proceso de re-armado.
(Mientras comienza y dura el proceso, recomendamos tener uno o dos gatos gordos y peludos que se dejen abrazar y sobar cuantas veces sean necesarias al día)
* El armado puede tomar varios días, semana o meses, dependiendo de la complejidad de las roturas y separaciones de todas las partes.
* Comience por extenderlas en un lugar en donde puedan recibir la mayor cantidad de sol posible. De preferencia el primer sol de la mañana o el último de la tarde.
* Reconozca bien todas las partes y a qué lugar pertenecen, aunque sépalo: no es necesario que vuelvan a quedar en el mismo lugar
* Cuidadosamente, y con cariño, limpie y pula cada uno de los pedazos. Este acto puede realizarse con un simple paño de franela. De preferencia rojo.
* Luego del pulido, vuelva a guardarlas, tratando de protegerlas de cualquier otro daño. Sáquelas al primer sol de la mañana todos los días por alrededor de 30 minutos a una hora. Vuélvalas a guardar. Repita cuanta veces considere necesario.
* También es importante tomar en cuenta que una persona rota no es muy atractiva ni entretenida para los demás; por lo tanto usted estará solo en todo este proceso. Las partes que quedaron pueden ser pesadas, usted solo tendrá que cargarlas.
* Las partes estarán listas para unirse otra vez cuando tomen un tono brillante, fresco y sano.
* Vuévalas a extender al sol y al viento. Júntelas otra vez con cuidado y paciencia. En este momento, el amor por las partes, que se están convirtiendo en una sola otra vez; es bien importante.
* Disfrute y analice bien su obra. Si no está completamente satisfecho, volver al paso anterior.
* Salga nuevamente a la vida, repítales a todos que no está dispuesto a dejarse romper una vez más.
domingo, 3 de enero de 2016
La fantasía del año nuevo
Siempre lo ha dicho: ese asunto del año nuevo es una fantasía. El tiempo es relativo, recuerden, y mientras, nos damos paja haciéndonos creer a nosotros mismos que vamos a dar inicio a una nueva vida y cursilerías como esas.
NO.
Los propósitos que nos hacemos en estos días pueden ser hechos fácilmente en cualquier momento del año, queridos. No busquen excusas. Cualquier día sea 4, 17 o 23; puede ser bueno para recomenzar o ponerse propósitos o como quieran llamarlo. Yo no me hago porpósitos desde hace varios aón cuando me di cuenta de lo inútil que es eso. Hasta hubo un año en que me hice despropósitos y los pueden ver aquí. Pero ni siquiera los despropósitos sirvieron, porque dicen que para cambiar un hábito se necesitan 20 o 22 días o algo así y para eso se necesita una gran disciplina y paciencia.
EN FIN.
Este año he decidido no enfocarme en lo que quiero hacer, sino mas bien, en lo que no quiero hacer. No voy a hacer lo que no quiero por ningún motivo... Y de allí los propósitos indirectos serán cumplido.
¿Me explico?
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