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domingo, 2 de febrero de 2014
Hasta en donde menos lo esperes
Pues vean, que gracias al querido @Raul_Marin_ que a su vez lo encontró gracias a @landsmoder que a su vez lo encontró gracias a @pedrotecla; fui a caer a What Would I Say, una app que toma todos tus estados de Facebook y los combina para crear nuevos estados o frases. Lo maravilloso de este asunto es que al hacerlo salen frases muy divertidas, otras que no tienen sentido y algunas de las mías dieron un resultado poético-filosófico-absurdo que me ha sorprendido. @landsmoder dice que hará un poemario con las suyas, y yo, bueno, que pasé más de un día dándole y dándole al botón GENERATE STATUS, no podía dejar de hacer por lo menos una recopilación aquí.
Las poético-absurdo-filosóficas:
Bueno, voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una tilde.
Miles de estrellas cayendo del equinoccio de primavera.
Sé de mi sombra. Estaré a nadie.
Es insostenible ¡hace demasiado azul!
Hay días en que somos perfectos, tenemos vicios, hacemos trampas.
No... Sí... No. ¡Y sabías que todas las lunas sean lunas sean lunas de miel!
Ni vos ni nadie debe vivir, vivir sin mi árbol
Bonito día para ser un exagerado
Hoy no son especialistas en ceremonias de masas
Equivocarme con tiempo de ver tanta estrella roja y pequeñita
Quiero bloquear al que pienso, porque solo se oía un ruido extraño
Destino eso de lo que sí, lloramos a mares
No es brujería, se llama observación de la tristeza
Go on... Fix what you recognize is broken.
Y no sirve inventar los recuerdos
Me han contado historias de felicidad
No empezó bien mi respuesta rota. Te quiero.
Sigo celebrando el cumpleaños de una tragedia, jajajajajaja
Sin andarlo buscando hoy disfrutamos de un mensaje
Me han invitado a ver el sol, prefiero escuchar tu voz
Hasta en donde menos lo esperes, por ejemplo en su cielo azul
Buenos días a llover y nadie disponible cuando uno también
Tú siempre existes dondequiera pero existes mejor donde te puedo responder
Recuerden que hoy hemos aprendido una pesadilla, pero pesadilla de verdad
Equivocarse con el secreto designio de que sí
Me da felicidad y recompensas inesperadas
Las frases muy divertidas:
Te golpee y te maltraté no tengo dueño, no soy tu esclavo, un poco tuyo y de flores de caña
Sí, Miguel Molina Tobar, es que el Vaticano queda en el tiempo
jajajajaja, creo que tomé demasiado café y es que el bulevar se tilda, según dicen
Sépanlo, hoy hemos puesto comida en la historia de perfil, jijijiji
Karla y socorros y alertas y le dejo un mensaje
Bien rápido se murió Mozart, dicen
Oficialmente tengo hambre, pero Cosi, Kisi
¡¡¡Tiene que ver la lluvia negra que es Flor Aragón y Neal Bosworth!!!
Marcela Aquino nos hubiéramos tomado una foto de mis palabras
No contestes ninguna de las Camelias + Ballet + Chopin = qué éxito
Hoy le canto su cielo más cercano a partir de cine y un gato gordo y socorros y caracoles
Me han pasado callejeando desde entonces eres, soy su piña
Usted sería un viejo horrible, deplorable y decadente
Mañana nos vamos al mar con el minino
Mi cielo no pude contestarles con cariño, apaguemos los adolescentes
Tengo como empacho de nubes
Ana Julia no siente paz, qué lindo
Nocturnosa y le di sus comentarios mordaces
Nicolás está dando una gran cátedra de ojos abiertos
Feo que no se hubiera muerto joven, ahora está buenísima
La frase está de compromiso, jajaja = le causó un querido hijo menor
Allí te dejé la receta del tío Mario Benedetti, gran comilona
Dice Benjamín que sonaba como pixeleado.
Mi cielo está empezando a tocar violín
Se les acaba El Copycito, compártanlo, please
Hey! Mandame el número de Chopin
Y ya me aburrí y no se acaban las elecciones y si publico esto ahora nadie lo va a leer, pero ni modo.
Esperen mañana, o cuando me dé la gana: El Día Mundial de
sábado, 11 de enero de 2014
Hay días en que somos tan frágiles, tan frágiles...
Habré tenido doce años o menos cuando mi hermano -que habrá tenido dieciocho o menos- llegó con este poema de Porfirio Barba Jacob cortado en líneas... La idea de mi hermano era que juntásemos las líneas para reconstruir el poema. Sí, él era así de creativo e ingenioso -y lo sigue siendo, supongo-. Recuerdo que nos tuvo -creo que a mí y a mi hermana mayor- "armando" el poema por horas, no recuerdo si lo hicimos bien, lo que sí sé es que nunca se me olvidó y durante muchos momentos importantes y sin importancia de mi vida llega a mi cabeza como un recordatorio, siempre está allí para decirme que este día está bien
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
o que este otro día va a estar mal
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Y llega, solo llega el poema, subrayando los momentos, poniéndolos como en pausa, diciendo "ahora estás mal, pero mañana vas a estar bien", "la vida es así como una montaña rusa, sino, qué chiste tendría..."
Cosas así.
Cosas así me dice. Hoy, mientras corría hace unos momentos, mientras salía el sol entre los árboles y se colaba entre las ramas iluminando todo el camino y el paisaje; me dijo que la vida es clara, undívaga, y abierta como un mar. Eso me dijo. Y yo pensé que lo menos que podía hacer con semejante verdad y descubrimiento era venir aquí a la casa, y mientras me tomo el segundo café del día, escribirle esto.
Y lo hice. Lo hago.
El poema se llama Canción de la vida profunda y aquí se los dejo:
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día...
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener.
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día...
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener.
Y por si quieren saber un poco más, Porfirio Barba Jacob -poeta colombiano- vivió unos años en El Salvador y fue testigo del terremoto famoso de 1917 en el que San Salvador y Santa Tecla quedaron casi en el suelo. Él escribió una crónica-novela acerca de eso: El terremoto de San Salvador: narración de un superviviente, la que leí hace unos años. Se las recomiendo. Recuerden amiguitos: no hay nada mejor que saber.
viernes, 26 de agosto de 2011
Ahora que la guerra es otra.
Habré estado a principios de mis veintes o antes. Fue en esos días en que todo El Salvador tembló, lloró, se preguntó, sufrió; en esos días en que muchos tuvimos que salir de nuestras casas movidos por el miedo, las balas, las bombas, las preguntas. Movidos por la Ofensiva Final, ese noviembre que no fue. Y es tan cierto y tanto amor le tuve a mi música siempre, que antes de recoger ropa, objetos de valor o lo que fuera, guardé mis cassettes en una mochila: Los Enanitos Verdes, el Concierto de Piano de Tchaivkosky, la novena de Beethoven, Duncan Duh. Facundo Cabral.
No crezca mi niño, no crezca jamás
los grandes al mundo le hacen mucho mal.
El hombre ambiciona cada día más
y pierde el camino por querer volar.
Vuele bajo porque abajo
está la verdad
esto es algo que los hombres
no aprenden jamás.
Por correr el hombre no puede pensar
que ni el mismo sabe para dónde va.
Siga siendo niño y en paz dormirá
sin guerras ni maquinas de calcular.
Vuele bajo...
Dios quiera que el hombre pudiera volver
a ser niño un dia para comprender
que está equivocado si piensa encontrar
con una escopeta la felicidad...
Vuele bajo...
Facundo Cabral fue importante para muchos que fuimos adolescentes y jóvenes en plena guerra. Oír sus canciones, pero principalmente sus monólogos, me daba paz, me hacía creer que había esperanza en medio de todo aquello y que de alguna manera contestaba las preguntas que yo no le podía hacer a nadie.
Facundo Cabral me salvó de la tristeza de la guerra. Eso es todo. Mientras caían las bombas y sonaban las balas yo soñaba que algún día iba a tener un hijo para cantarle esta canción:
No crezca mi niño, no crezca jamás
los grandes al mundo le hacen mucho mal.
El hombre ambiciona cada día más
y pierde el camino por querer volar.
Vuele bajo porque abajo
está la verdad
esto es algo que los hombres
no aprenden jamás.
Por correr el hombre no puede pensar
que ni el mismo sabe para dónde va.
Siga siendo niño y en paz dormirá
sin guerras ni maquinas de calcular.
Vuele bajo...
Dios quiera que el hombre pudiera volver
a ser niño un dia para comprender
que está equivocado si piensa encontrar
con una escopeta la felicidad...
Vuele bajo...
Y por suerte no tuve uno, si no tres hijos para cantárselas. Tres hijos que me vieron llorar desconsolada la mañana de ese sábado 9 de julio, mientras oía por enésima vez Vuele Bajo, Está la Puerta Abierta y muchas otras canciones que le seguirán dando sentido a mi vida ahora que la guerra es otra.
Le debía tanto este post a Facundo.
domingo, 12 de junio de 2011
Este post estaba supuesto a llamarse "Estas botas se gastaron en NY". Pero no tengo una foto de las botas. Así que llamémosle Sin Título.
Comprobado científicamente: a mí no deberían dejarme viajar sola, ya me había pasado en México, tragedia, tras tragedia. No deberían, mucho menos dejarme viajar sola con mi hija adolescente; soy desorganizada, descuidada, hago cosas que normalmente no haría. La gente se aprovecha de mí. Como el hombre que nos llevó del aeropuerto en Nueva York, me estafó vilmente 180 dólares, y todavía osó dejarme tirada con mi muchachita a dos cuadras del hotel a media noche. Menos mal que ubicada sí soy y que me había aprendido de memoria los google maps.
Obviando un poco los despistes y los clichés -que también hay que visitarlos, no hay que discriminar, los clichés también tienen sus corazoncitos- Nueva York resulta una ciudad que te hace explotar el cerebro: la gente, las calles, el metro, los edificios, el art deco, el Soho, Greenwich Village, los barrios, los museos. ¡Los museos!
Sí, quedate en un hotel pequeño en una zona residencial en la 94 y salí a caminar al atardecer (en esta época atardece a las 8 y 30 de la noche), comprá Skittles de todos los colores en los kioskitos de la esquina -hay uno en cada cuadra-, seguramente vas a encontrar al papá con el niño jugando pelota en una calle y el niño se va a asustar por un pleito de chuchos, metete a cenar en el deli de la esquina, en donde va a resultar que todos hablan español y en donde compartís la mesa con la pareja medio callada que seguramente viene de trabajar.
Levantate temprano y salí a las 7 am, hay gente paseando perros por todos lados, gente con sus bolsitas y sus palitas para recoger la caca -en NY no hay caca de chuchos en las calles ni en los parques, ni en ningún lado-, hay gente corriendo aunque haga frío, hay gente con sus niños en coches, hay gente caminando, miles de gentes para todos lados.
Eso sí, miles de gentes que siempre parecen tener prisa.

Entrarás a un Starbucks a comprar la marca, sí, el café es el mismo, pero sentate en medio de la gente de todo tipo, el chero trajeado, la bicha rara, la negra gorda con su amiga en silencio, toda la gente allí. Y a vos te va a dar pena hablar con tu hija, porque allí nadie habla, todos se ven bien ocupados o ensímismados.
Atravesá el Central Park para ir a tomar un bus enfrente de Mount Sinai Hospital -El BxM11- Allí seguramente pasarás largos minutos viendo entrar y salir gente, gente de verdad con enfermedades reales, con golpes reales, heridas reales; no como los de las películas que son actores o extras. Finalmente, cuando el bus BxM11 no aparezca y estés con tu hija muriéndote del frío, llama un taxi, este no va a ser tan caro ni el hombre tan malo como el de la primera noche. Este hombre va a ser visiblemente latino, pero te va a hablar en inglés todo el tiempo, aunque vos seas visiblemente latina también. El se va a avergonzar de sus raíces y vos vas a respetar eso. Perdete un atardecer en el Bronx a la salida de un famosísimo zoológico. Perdete buscando un taxi, caminá varias cuadras haciendo chistes y riéndote de todo para que tu hija adolescente no se dé cuenta y agarrala más fuerte de la mano cuando tipos extraños pasen cerca. Perderte una tarde en el Bronx, va a ser de mucha utilidad para varias cosas: practicar tu inglés con cada transeúnte al que le preguntarás en donde conseguir un taxi, conocer la estación de tren, perder el miedo de entrar a una gasolinera como de película de gansta, aprender finalmente que en el Bronx los taxis son negros y no amarillos -por eso será que no verás ni uno por ninguna parte-.
Perderte en el Bronx te servirá también para aprender que hay gente buena, sí, en Nueva York; como el cubano que se detendrá cuando le preguntés dónde encontrar un taxi y cuando te oiga hablarle en español a tu hija te hablará en español él mismo y no solo eso, te pedirá un taxi desde su celular y le pedirá al taxi que llegué allí, exactamente a esa esquina y seguirá su camino como si nada y el taxi va a llegar en menos de dos minutos y el taxista (visiblemente latino) te va a hablar en español también y te va a llevar -por menos de la mitad de lo que te cobró el taxi amarillo- hasta la puerta del hotel, pasando por Riverside Drive en donde tendrás unas vistas impresionantes del Río Hudson y Riverside Park.
Después de varias experiencia, buenas y malas, con taxistas; seguramente al tercer día de estar en Nueva York no querrás seguir pagando taxis y, cual turista salvadoreña que sos, bajarás a las intrincadas fauces del temido, mítico y hollywoodense Metro de Nueva York. El cual será igualito que el de las películas, pero va a ser por mucho una de las cosas que más te va a gustar. La gente va de prisa también, las puertas se abre y cierran en cada estación: 86, 79, 72 y así; gente que entra y sale, gente que no habla con nadie, gente en silencio y con prisa, gente de todos los orígenes, gente de todas las razas, de todas las edades. Andar en el Metro es fácil, porque Manhatan es cuadriculado, no hay donde perderse, la 42 es la estación para Time Square. Por alguna razón es bueno saberlo.
Y, bueno, querrás visitar los museos. Los museos sobre cualquier cosa. La 5ta avenida, la que corre paralela al Central Park está llena de museos, The Museum Mile le llaman, y a decir verdad es el paraíso: el Met, el Museo de Nueva York, el Guggenheim, Museo del Barrio, Frick Collection, Museo Judío; uno podría pasar en esa calle todo el viaje, de verdad. Uno podría pasar en el MET unos dos días y no terminar de verlo, es una locura, es la historia del arte vuelta museo.
No sé cómo explicar lo que se puede sentir allí. Los techos altos, los claroscuros, el sol entrando por las claraboyas, el sol de la tarde cayendo sobre las esculturas romanas, el silencio de los salones renacentistas.
El silencio de todo. las sombras de todo. La historia de todo.
El MoMA no queda en esa calle, queda en la cincuentaytantos, atrás de Rockefeller Center por si después uno quiere irse a confundir con la masa de turistas que se toman fotos con las banderas (sí, yo lo hice). Al MoMA lo habrás soñado, lo habrás admirado en internet. Uno sabe lo que tiene ese museo, uno se imagina, pero no, no es así, no es como uno se imagina.
Llegarás a la cola del MoMA el día más frío de tu estadía en Nueva York, hará aproximadamente 5 grados. Pagarás diez dólares menos de lo que pagaste por subir al Empire State y obtendrás emociones más perdurables para tu vida.
El MoMA es un descubrimiento. Es encontrarte a tus artistas favoritos cara a cara. Es un laberinto interminable de sorpresas, de trazos, de colores, de texturas. Es un laberinto interminable de salones, uno conectado con el otro, salones que parecen no tener final nunca y siempre una sorpresa a cada vuelta y cada vez más fuerte y cada vez más in-crescendo. Al final, querrás llorar y lo harás al encontrarte a Degas con sus bailarinas, a Van Gogh con su Starry Night, a Picasso y las Demoiselles d'Avignon.
Miró, Pollock, Matisse, Chagall, Braque, Monet, Mondrian, Wharhol, Klimt; usté nómbrelo y allí está.
Uno no debería morirse sin ir al MoMA. Así debería ser.
No querrás pasar por NuevaYork sin ser un cliché. Entonces visitarás el Empire State, cuesta solo 15 dólares por persona y se hace una cola como de dos horas. Al llegar a piso 86 estarás tan cansada que de seguro vas a odiar el edificio, la vista y a Nueva York. También pasarás varias veces por Times Square, muchas veces, y lo harás con miedo de que la bichita se vaya perdida en una de esas turbas, y te sentirás en medio de una película de ciencia ficción y habrá luces y teatros y gente y más gente y te sentirás tan mareada de tanto, que probablemete te den ganas de vomitar, o al menos de salir corriendo a un lugar más civilizado. No podrás irte sin visitar el Museo de Cera, la cola también es como de dos horas y cuesta como 24 dólares por persona -sí señores, como lo oyeron-, pero nada de eso importa al ver la felicidad de tu hija adolescente tomándose una foto a la par de Justin Bieber. Y bueno, la Estatua de la Libertad también es un tour barato con viaje por la bahía, río, mar o lo que sea.
Y como esto ya resultó demasiado largo, me he tardado más de un día en escribirlo y me ha costado un mundo diagramarlo, dejo para otro día la historia del Central Park y los cerezos, la incursión a Harlem, la Universidad de Columbia y todos esos lares y la tarde en que nos escapamos a morir de frío intentando tomar un tour a Brooklyn, el que, obviamente nunca hicimos.
Fin.
Y como esto ya resultó demasiado largo, me he tardado más de un día en escribirlo y me ha costado un mundo diagramarlo, dejo para otro día la historia del Central Park y los cerezos, la incursión a Harlem, la Universidad de Columbia y todos esos lares y la tarde en que nos escapamos a morir de frío intentando tomar un tour a Brooklyn, el que, obviamente nunca hicimos.
Fin.
sábado, 28 de mayo de 2011
Un raro dúo toda la vida
El tenía 17 años cuando lo conocí, recíen se había graduado de bachillerato y ya tenía su primer trabajo como copy writer en una agencia de publicidad. Uno no se imagina que un día va a llegar a querer tanto a alguien, menos así cuando lo ve todo envuelto en un suéter con una sonrisa en silencio. Supongo que uno no deja de encontrar en la vida personas a quien admirar. Sí, aunque muchos piensen que eso no debería ser así.
Diez años después, luego de muchos viajes y separaciones y holas y adioses; seguimos siendo un Raro Dúo. Separados esta vez por cuestiones irrelevantes como diferencias de ideas, pero raro dúo al fin, desde el principio al fin.
Por mi parte, Limbo Nimbo es el blog que nació de nuestra separación.
Por parte de Miguel, nacieron un puño de letras:
http://punodeletras.blogspot.com/
Si no escribe no puede dormir, dice:
Visítenlo hay demasiadas cosas buenas por allí.
Diez años después, luego de muchos viajes y separaciones y holas y adioses; seguimos siendo un Raro Dúo. Separados esta vez por cuestiones irrelevantes como diferencias de ideas, pero raro dúo al fin, desde el principio al fin.
Por mi parte, Limbo Nimbo es el blog que nació de nuestra separación.
Por parte de Miguel, nacieron un puño de letras:
http://punodeletras.blogspot.com/
Si no escribe no puede dormir, dice:
Visítenlo hay demasiadas cosas buenas por allí.
La Rampa
Lo que más le llamaba la atención era que las flores color rosa que caían de aquel árbol sobre la rampa de cemento formaban una especie de manto funerario. Todos los días, todas las mañanas tenía que pasar allí, frente a la entrada principal del cementerio, en su camino de ida hacia la escuela.
Todos los días, todas las mañanas desde que había empezado la guerra, tenía que ver los pies pálidos y amoratados de los muertos que aparecían apilados cada madrugada como ejemplo silente del destino guerrillero.Mamá Toya, la abuela que ya rozaba casi los ochenta y quien lo había criado desde que la madre desapareció; le daba las miles de indicaciones al despedirlo frente a la puerta desvencijada de la casa: que no se detuviera a ver los muertos, que se persignara al pasar, que no hablara con nadie, que no contara nada de su mamá, que si alguien le preguntaba por ella que dijera que se había ido a los Estados… Y otra vez que no viera a los muertos, sino se le iba a pegar a saber qué alma en pena e iba a cargar con ella toda su vida y en sus sueños. Así que él, obediente a las recomendaciones de la Mamá Toya, sólo pasaba rápidamente, dejando atrás la alfombra de flores y su Padrenuestro que estás en los cielos…
Pero los otros niños, que obviamente no sabían de almas en pena ni tenían todas las advertencias de una abuela sabia y octogenaria, no reparaban en el daño que le hacían a sus vidas y a sus sueños, al transgredir la barda de entrada y pasar sobre la rampa y las flores para contemplar palmo a palmo a los muertos de turno.
“¡Simón el maricón!” Le gritaban desde adentro, entre risas y pedradas.
Aquel mediodía, el de su cumpleaños número once, luego de repasar sin sentido y varias veces los largos pasillos de la escuela, decidió que no quería volver a casa. No todavía. No a la Mamá Toya con delantal blanco y arrastrando los pasos, no a sus inútiles y torpes caricias, no a la sopa de frijoles con queso rayado, no a los Avesmarías y Padresnuestros, no a la tosecita seca, fugaz y melancólica. Así que haciendo uso de sus últimos diez centavos se subió a la ruta 7 que pasaba en la esquina y se alejó lo más que pudo de los muertos, el cementerio, el manto funerario, Simón el maricón y la abuela.
Casi anochecía cuando regresó a la casa. Los dos pinos de la entrada se movían suavecito, con una brisa inusual para esos días de marzo. El cielo, enrojecido por el último adiós del sol; era un basto espacio sin nubes. La puerta estaba abierta, la casa en penumbra y silencio. Tiró el bolsón sobre la mesita de madera con las sillas que hacían de comedor y de sala. No sintió el olor a frijoles, ni vio las velas encendidas frente al Sagrado Corazón de Jesús. Se dirigió a la pila a lavarse las manos anticipando los sermones de la Mamá Toya, todos los gracias a Dios me tenés a mi, sino qué fuera de vos, si a tu tata ni lo conocimos, si tu nana te dejó ahí tirado para irse detrás de a saber qué peludo guerrillero, y mirá vos te vas sin decirme ni adonde, y yo aquí encandilada, esperándote con tu sopita. Pero los sermones no llegaron. Ni los pies arrastrando los pasos. La buscó en el cuartito que compartían y la vio allí, dormida y soñando, con el brazo izquierdo doblado a un lado y la mejilla reposando sobre la mano, como almohadita –pensó- , mientras se daba la vuelta para dejarla descansar. Ya en la puerta se regresó, es que tenía un color bien raro, pálido y transparente. Se quedó parado junto a la cama, uno, dos, tres, cuatro, cinco minutos, esperando a ver si el pecho se movía. Seis, siete, ocho y más. No se movía. Se acercó y le dijo abuela, le tomó la mano como almohadita y estaba fría. Los labios púrpura y abiertos.
Al fin el reloj dio las cinco de la mañana. Salió a la calle todavía iluminada por el alumbrado eléctrico. Bordeó la calle plagada de basura y perros callejeros. Saltó la barda del cementerio y cayó suavemente sobre la rampa. Los muertos ya estaban allí, pálidos y transparentes. Caminó sobre el cemento recogiendo todas las flores que pudo y colocándolas dentro una bolsa blanca para llevarlas a casa. Antes de salir los miró otra vez, eran cuatro, sin camisa, sin zapatos, con heridas de bala donde sea, con sangre, golpes y sin alma.
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