Sí, todos llegamos a Tchaikovsky por el Cascanueces. Una de las composiciones más escuchadas de la historia. Luego de eso pasamos a la Bella Durmiente, El Lago de los Cisnes y sí, la obertura 1812, inmortalizada en el silbido del profesor Keating, ajá Robin Williams, en la Sociedad de los Poetas Muertos.
La épica obertura 1812, que, ya saben, cuenta la historia de la Batalla de Borodino, en la cual los rusos combatieron y abatieron las tropas de Napoleón, no fue la composición más querida de Tchaikovsky. De hecho, la odiaba: "Muy fuerte y ruidosa y completamente sin mérito artístico, obviamente escrita sin calor o amor", dijo él mismo de su obra. Cuentan que cuanto más éxito tenía su obertura sobre sus sinfonías, conciertos y música de cámara, Tchaikovsky más se convencía de que el mundo no había entendido su arte. Pero, vayan ustedes a saber, la 1812 es amada, supongo por su heroicidad. ¿Quién no se ha emocionado con los cañones retumbando en uno de los momentos más gloriosos de la música? Yo sí. ¿Quién no ha querido aplaudir con las campanas doblando al final?
Pues que, para el resto de nosotros, como dicen por allí, la 1812 es para ser disfrutada en todo su ruidoso y vulgar esplendor.
El asunto es que -y no quisiera hablar aquí de mi otro ídolo musical del cual ya he hablado aquí y aquí-, pero a Tchaikovsky -tal vez- lo admiro tanto como a Beethoven. Muchas veces, en mi escaso conocimiento musical, he llegado a pensar que tuvo un genio tan grande como el de Beethoven o Mozart, y al que no se le ha dado el mérito que ellos tuvieron y siguen teniendo como dioses de la música.
Solo habría que recordar que, adelantándose a su época, escribió el soundtrack para que Natalie Portman se ganara un Oscar.
¿No les pasa que hay que hay momentos en los que ninguna canción ni melodía sirve para el soundtrack de su vida? A mí me pasa, y cada vez que eso sucede vuelvo al querido Tchaikovsky, quien a mis simples y tempranos veintes trataba de explicarme o de advertirme -digamos- que cada relación, cada amor de mi vida -si les queremos llamar así- vendría con sus altos y bajos, con sus violines dulces, con sus agónicos golpes en el teclado, con sus cadencias de cuerdas, con sus crescendos de orquesta sinfónica.
Con su Concierto para Piano y Orquesta No. 1
He de decir, que el querido Tchaikovsky comenzó a advertírmelo desde ese día de junio de hace tantos años, cuando en la inadecuación de mis recién estrenados veintiún años, me senté sola en la segunda fila del Teatro Presidente a escuchar su concierto en manos de una pianista polaca de cuyo nombre no me acuerdo. En ese momento no lo sabía, no había vivido tanto como para entender que si el amor tuviera un fondo musical, sería ese. Que una relación, podría resumirse en esos treinta y cinco minutos, con su emoción, felicidad, algarabía, con sus pausas para respirar, con sus conmociones y golpes de teclas. Con sus desesperaciones. Como todo.
No sabía todo eso cuando me senté sola en esa butaca. Sí sabía que el estómago me podía dar vuelta con cada conmoción del pianista, que podría entrar en estado catatónico muchas de las veces que la oyera, que iba a escuchar y ver toda versión que estuviera disponible...
Luego se va aprendiendo otras cosas de una melodía como esa. Se va aprendiendo junto a todos los finales que llegan en la vida.
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lunes, 9 de junio de 2014
jueves, 8 de diciembre de 2011
Tear down the wall!
Todavía era una bichita con calcetines dobleados, que ni inglés podía y Pink Floyd y su canción Another Brick in The Wall apareció en la historia de mi vida. Sí, entonces aprendí que brick era ladrillo y cosas así, porque si alguna canción me gustaba la traducía, con un diccionario inglés-español viejo de portada dura de tela verde.
Hasta aquí llega esto.
Hoy en la mañana, movida y conmovida por la conmemoración de los 32 años del lanzamiento del álbum, venía pensando en todo esto, en la canción, en Pink Floyd [el de Roger Waters], en el otro ladrillo en la pared, pensé en un montón de cosas, que al parecer no tienen nada que ver con eso; pero al parecer sí, porque las pensé.
Pensé en el golpe de estado de octubre del 79, cuando una Junta de Gobierno derrocó al último presidente militar que tuvo El Salvador, Romero. Recordé a la señorita Mila, mi profesora, con la sonrisa de oreja a oreja, comentánndome bajito de cómo las cosas iban a cambiar con este gobierno de civiles [sí esas cosas hablaba conmigo]. Y sí, cambiaron. En los siguientes meses vivimos el primer enfrentamiento entre guerrilleros y el ejército en la colonia, en los siguientes meses dejamos de jugar en la calle en la noche, porque las balaceras y los enfrentamientos se volvieron de lo más común, algo de todos los días. Y las llantas quemadas, los camioncitos DIANA también quemados enfrente de la casa, y el asesinato del alcalde Machuca, la mano que apareció pintada con sangre en la casa de la par y todas las cosas con las que tuve [tuvimos] que crecer.
En medio de todo eso, Another Brick in the Wall se convirtió en una especie de himno para mí, que solo entendía "Hey, teacher leave the kids alone'.
Durante años, desde entonces ese disco, la música de Roger Waters ha estado por allí presente casi todos los días de mi vida. Compre el disco [doble] cuando recién salieron los compactos a principios de los 90's y entonces empecé a entender la metáfora de la pared y cómo cada quien la construye con los ladrillos que le va dando la vida. Algo así.
Y párrafos como este
But it was only fantasy.
The wall was too high,
As you can see.
No matter how he tried,
He could not break free.
And the worms ate into his brain.
me hacían sentir desconsolada y triste y viceversa, en una edad en que en vez de andar bailando con mis amiguitos en discotecas, me encerraba a preguntarme hasta dónde iba a llegar mi pared, si iba a tener puertas o ventanas.
Aunque esa es otra historia.
Esta historia se trata de todos los que crecimos con la guerra y Pink Floyd a la par, tratando de entender cosas tan simples como la vida, el aislamiento, la muerte.
Amo ese álbum. Esa película. Ese concierto en Berlin. Creo que Roger Waters encontró una manera tan triste y maravillosa a la vez de retratar la soledad en ese disco y de decir las cosas que más de una vez hemos querido decir.
I've got wild staring eyes.
And I've got a strong urge to fly.
But I got nowhere to fly to.
Antes de terminar:
Si no ha visto la película, véala. Fue dirigida por Alan Parker y tiene todas las metáforas posibles en una película.
Si no ha visto el concierto en Berlin, véalo. hay cosas tan sorprendentes como que construyen un muro entre la banda y el público durante el concierto. Y apariciones estelares de Sinead O'Connor, Cindy Lauper, Bryan Adams, entre otros. Para una prueba, vean esto:
http://www.youtube.com/watch?v=qK5InZbS9PA
http://www.youtube.com/watch?v=qK5InZbS9PA
Ah, sí. Al final termina tirando la pared.
Hasta aquí llega esto.
The show must go on.
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