martes, 22 de julio de 2014

Nunca sentí esto con nadie.

Pequeños y pequeñas que visitan este su humilde blog: solo he venido aquí para recordarles o afirmarles, digamos; que cuando están en una relación y el objeto de su afecto les dice "nunca sentí esto con nadie", no es un piropo o algo parecido... Y, ah, sí, siempre-siempre (SIEMPRE, dije) se los van a repetir, a subrayar, a recalcar... Sobre todo cuando realmente no hay mucho que decir.

Pero sepan: "nunca he sentido esto con nadie" no es la frase más novedosa que alguien haya podido inventar o decir o crear.

NUNCA HE SENTIDO ESTO CON NADIE
es una verdad absoluta e irrefutable, amiguitos.
Es científico ¡¡Nunca nadie va a sentir lo mismo con alguien!!

¿No sé si me explico?

En todo caso pueden decir algo más original como: ningún libro de texto de sicología o teoría del acercamiento espiritual y emocional entre dos personas tiene la capacidad para explicar lo que siento por vos. O tal vez: estar contigo es como estar presente en el fin del mundo.

Nada... Solo son ideas.

sábado, 12 de julio de 2014

Reflexiones a la hora del café.





















La paz mental es una cosa sagrada y debería ser delito atentar contra la misma. En mi cabecita Sagitario sin remedio, siempre he sido pacifista, tolerante y tiendo a "sobrequerer" a la gente. Soy capaz de aguantar agravios, malos tratos y desdenes de parte de alguien por el solo hecho de quererlo-a. Pero sí, como todo en esta vida, hay niveles.

Reflexión 1. Humanos, que la tolerancia y buena onda no los lleve a la pendejez. YA BASTA.


Nosotros, humanos, mortales y simples; tendemos a preocuparnos por cada cosa... Yo sé, yo sé. Tenemos necesidades. Deudas que saldar. Gastos que hacer. Pero, beibes, que la preocupación más alarmante de "vuestros" viernes sea que no han pagado y ya no tienen pisto para comprar cervezas es bastante triste, mientras los niños de Gaza están preocupados por que no les vaya a caer una bomba o haya mujeres en El Salvador que trabajan 20 horas diarias y reciben alrededor de 2-3 dólares por ese trabajo...

Reflexión 2. Lo dije el sábado en Instagram: uno se lamenta por su vidita, mientras otros tiene problemas de verdad, problemas serios, tristes, y, a veces, sin remedio.


Hablando de los niños de la Franja de Gaza...  Mientras escribo esto, Israel anunció que iniciará una invasión a Gaza en algunas horas. Al mismo tiempo el mundo mira un partido de fútbol (el MUNDO, dije) y la preocupación más grande en estos momentos es si Robben está inventando penales otra vez o no.

Reflexión 3. Como dice un querido compañero de trabajo: el fútbol es el mismísimo anticristo. 


Después de haber hecho las dos reflexiones anteriores, ya no podría hablar de la cuarta que se trataba de una cosa tan vana y egocéntrica como lo bien que se siente salirse un día completo de la oficina e irse a brainstormear en otro lugar y con otras gentes. Otras gentes que se emocionan igual que vos de "pilear" aunque sea incoherencias e irse a caminar por las calles de Tecla y comprarse sorbetes de carretón y comprar pan dulce de la calle... Y así.

Reflexión 4. Hubiera dejado esta reflexión para el principio. 

lunes, 7 de julio de 2014

Ejercicio de desbloqueo de una noche de verano.

Escribir. Escribir aquí, allá o más allá. Pero escribir. Decir algo. Algo porque sí, como hacen todos hoy en día. Algo sin sentido, digamos. Como que el cielo no es azul desde hace días, semanas, meses. Como que no siempre podés tener lo que querés. Como que el sol no sale para todos o al menos eso parece. Escribir sin ver el teclado, con la mirada fija en la pared, que a esta hora es de color indefinido, escribir viendo los lomos de los libros. Camino de Hormigas. La Trilogía de Nueva York. Salvajes. El Hombre Ilustrado. Appunti di Viaggio. Escribir. Escribir aunque sea los nombres de los libros. Saber que eso no te va a llevar a nada. Solo a gastar palabras. A matar el tiempo. A creer que estás haciendo algo relevante. Escribiendo sin sentido ni nada. El cuchito Viena 2015, parado en una esquina del escritorio. Los caracoles y conchas de mares lejanos y olvidados. Las tristezas y oscuridades de un mundo extraño. Los dolores para los que no estabas preparada. Tratar de escribir dolores dos veces y que las dos veces se escriba colores. Colores que no son. Odiar los calendarios. Odiarlos porque no los necesitás. Odiar que te recuerden que es ese día de julio. Que es esa noche de julio. De otro julio y otro tiempo. Escribir. Escribir. Escribir. Escribir porque así se preparan tus dedos y cerebro para escribir otras cosas más relevantes. Escribir como ejercicio. Como deuda interminable. Escribir porque es lo único que queda. Tirar palabras por allí. Tratar de darles sentido. Hilvanarlas. Tejerlas como enredaderas en el cerebro. Imparables.


(Que los hijos te interrumpan con sus dramas precisamente cuando las palabras se habían vuelto imparables)


Volver a retomar las palabras imparables después de haber escrito el párrafo anterior, como un hechizo, como un conjuro. Llamás a las palabras y vienen. Acuden porque para eso fueron hechas. Para decir. Para nombrar odios si es posible. Para atormentar humanos que no conocen el significado de cosas como baladí, intrincado, parsimonioso, escaramuza... Las palabras no mienten ni te abandonan ni te dejan a un lado. No necesitás que te entiendan. Solo que estén allí cuando las necesitás. En la punta de tus dedos. En la punta de tus pensamientos para no sentirte sola. Para no sentirte a medias toda la vida. Para no seguirte preguntando.

"Estoy buscando una palabra, busco un nombre a través del tiempo, busco un ancla que me amarre, que me tenga y me deje quieto..."

Escribir. Pensar. Preguntarse. No contestarse nunca. Que nadie conteste nunca. No saber quién sos. Que Chopin suene de fondo como si a nadie le importara. Que las palabras sigan cayendo porque para eso fueron hechas. Para decir. Para caer. Para nombrar. Para romper los silencios que nadie quiere.

Escribir como presagio.

Escribir como como si nada.

Escribir como condena.

lunes, 9 de junio de 2014

Tchaikovsky, el concierto No. 1 y el sonido de eso que están hechas las relaciones.

Sí, todos llegamos a Tchaikovsky por el Cascanueces. Una de las composiciones más escuchadas de la historia. Luego de eso pasamos a la Bella Durmiente, El Lago de los Cisnes y sí, la obertura 1812, inmortalizada en el silbido del profesor Keating, ajá Robin Williams, en la Sociedad de los Poetas Muertos.

La épica obertura 1812, que, ya saben, cuenta la historia de la Batalla de Borodino, en la cual los rusos combatieron y abatieron las tropas de Napoleón, no fue la composición más querida de Tchaikovsky. De hecho, la odiaba: "Muy fuerte y ruidosa y completamente sin mérito artístico, obviamente escrita sin calor o amor", dijo él mismo de su obra. Cuentan que cuanto más éxito tenía su obertura sobre sus sinfonías, conciertos y música de cámara, Tchaikovsky más se convencía de que el mundo no había entendido su arte. Pero, vayan ustedes a saber, la 1812 es amada, supongo por su heroicidad. ¿Quién no se ha emocionado con los cañones retumbando en uno de los momentos más gloriosos de la música? Yo sí. ¿Quién no ha querido aplaudir con las campanas doblando al final?

Pues que, para el resto de nosotros, como dicen por allí, la 1812 es para ser disfrutada en todo su ruidoso y vulgar esplendor.

El asunto es que -y no quisiera hablar aquí de mi otro ídolo musical del cual ya he hablado aquí y aquí-, pero a Tchaikovsky -tal vez- lo admiro tanto como a Beethoven. Muchas veces, en mi escaso conocimiento musical, he llegado a pensar que tuvo un genio tan grande como el de Beethoven o Mozart, y al que no se le ha dado el mérito que ellos tuvieron y siguen teniendo como dioses de la música.

Solo habría que recordar que, adelantándose a su época, escribió el soundtrack para que Natalie Portman se ganara un Oscar.

¿No les pasa que hay que hay momentos en los que ninguna canción ni melodía sirve para el soundtrack de su vida? A mí me pasa, y cada vez que eso sucede vuelvo al querido Tchaikovsky, quien a mis simples y tempranos veintes trataba de explicarme o de advertirme -digamos- que cada relación, cada amor de mi vida -si les queremos llamar así- vendría con sus altos y bajos, con sus violines dulces, con sus agónicos golpes en el teclado, con sus cadencias de cuerdas, con sus crescendos de orquesta sinfónica.

Con su Concierto para Piano y Orquesta No. 1



He de decir, que el querido Tchaikovsky comenzó a advertírmelo desde ese día de junio de hace tantos años, cuando en la inadecuación de mis recién estrenados veintiún años, me senté sola en la segunda fila del Teatro Presidente a escuchar su concierto en manos de una pianista polaca de cuyo nombre no me acuerdo. En ese momento no lo sabía, no había vivido tanto como para entender que si el amor tuviera un fondo musical, sería ese. Que una relación, podría resumirse en esos treinta y cinco minutos, con su emoción, felicidad, algarabía, con sus pausas para respirar, con sus conmociones y golpes de teclas. Con sus desesperaciones. Como todo.

No sabía todo eso cuando me senté sola en esa butaca. Sí sabía que el estómago me podía dar vuelta con cada conmoción del pianista, que podría entrar en estado catatónico muchas de las veces que la oyera, que iba a escuchar y ver toda versión que estuviera disponible...

Luego se va a prendiendo otras cosas de una melodía como esa. Se va aprendiendo junto a todos los finales que llegan en la vida.

domingo, 25 de mayo de 2014

#LasCancionesMásFelices del mundo.

Según la @Florsypower
(En inglés)

La música nos puede llevar a muchas partes. Nos puede llevar a donde queramos. Ya saben lo que dicen: que el secreto -que no es tan secreto- de todo eso son las ondas. Las ondas que llevan la música por todas partes y que pueden afectar el cuerpo y el cerebro, que también funcionan por ondas, ajá, las ondas cerebrales, eso, los latidos del corazón también son ondas. Ya dije la palabra ondas muchas veces en este texto. Pero no importa, quiero dejar bien claro el punto y tengo un libro muy bueno que habla de eso y se lo presté a alguien en un arranque de generosidad, pensando que ese alguien se iba interesar por mi interés en convertirlo en una persona más sabia respecto al tema de la música, pero resulta que tiene el libro guardado en su librera... Que se ve bien chivo allí. Dice.

En fin. La música es una maravilla, y les diré, que aquellos que no pasan de atormentarse los oídos y las ondas cerebrales y los latidos del corazón con horrible y sin sentido reaggetton no saben lo que se están perdiendo.

Y que el asunto no era contarles toda esa historia, sino que, ajá, explicar por qué y cómo es que la música nos puede llevar a diferentes estados de ánimo y en este caso en particular al estado de ánimo llamado felicidad.  Claro que también tiene que ver con lo que dicen las letras y, en algunos casos con los recuerdos relacionados a esa canción...

Así que ya que ando en un mood de sospechosa euforia, me dediqué a hacer un playlist de las canciones más felices de la historia del mundo... O al menos de mi mundo. Y, oigan, muchos no acordarán en que esta lista sea la mejor o más acuciosa, pero, hay que tomar en cuenta que el ritmo de mis ondas cerebrales es diferente a las del resto de mortales, supongo. Verán, mucho de esto me lo estoy inventando así que vamos mejor a la lista:


1. You're my first, my last, my everything / Barry White





You're like a fresh morning dew on a brand new day.

Quizás en alguna parte de mi subconsciente esta canción me remonta a mi temprana infancia, esa época feliz cuando no había preocupaciones ni nada de qué lamentarse. Y supongo que también me remonta a la época feliz en que Robert Downey Jr. salía en Ally McBeal y bailaba esa canción en un baño. Verán, la intro, que dura alrededor de 30 segundos, es una de las anticipaciones que más sonrisas ha puesto en mi vida... He bailado esa canción en la fiesta navideña de la agencia desde hace más de 10 años -sí, en todas, ya es una tradición-... Ah, sí, se me olvidaba contarles: en mi temprana infancia uno de mis hermanos mayores bailaba disco en la tv y nos "ocupaba" a mi hermana y a mí para ensayar. Sí, puedo bailar disco, beibes. La letra, el crescendo de la canción, la melodía, los lalalaaaa, lalaaaaaa, lalaaaaaaa; la vuelven, de verdad, la canción más feliz del mundo. ¡Y que nadie diga lo contrario! No se atrevan. :)

2. Shiny-Shiny / Haysi Fantaysee 




Good times come to me now...

Cariños queridos, creo que nadie, aparte de mí, se acuerda de esta canción de los 80's. Haysi Fantaysee ya de por sí es un nombre feliz. Ellos dos mismos, cantando y bailando en lo que parece un video sacado de la pista de un circo -recuerdo que la gente hacía el chiste de que la chera tenía puesto un cinturón de castidad-, y una melodía que por momento parece tonadita de película de vaqueros; la vuelven una de las cosas más divertidas que pudo haber existido en la vida. El "good times come to me now" del inicio es como un conjuro.



3. Lights Out / Peter Wolf




What can I do, all I need is to dance with you.

Peter Wolf fue el vocalista de J. Gails Band, que tuvo sus inicios en los 70's y bastante éxito a principios de los 80's con canciones con temas muy "profundos" como Centerfold o Love Stinks. Vayan ustedes a saber por qué, a los principios de mi adolescencia yo cantaba love stinks, yeah, yeah, y el video era uno de mis favoritos en la tv... Seguramente habrá sido una profecía "And so it goes, till de day you die, this thing they call love, it's gonna make you cry." Y bueno, a mí me gustaba en demasía Peter Wolf. Quizás por eso cuando sacó Lights Out como solista, me emocioné y verlo bailar -con esa forma tan particular de bailar que tiene o tenía- en ese video me causa una felicidad solo comparable con el primer café en la mañana.


4. Kiss / Prince



I just want your extra time and your kiss, yes!

Prince también me remonta a una época feliz: la escuela de danza con mallas y leotardos negros y tardes interminables con Hugo Bordón, el maestro uruguayo de ballet, que me llamaba Floretta, y con quien nos amamos mutuamente. Mientras el mundo se desbocaba por admirar a Michael Jackson, yo admiraba a Prince, siempre me pareció mucho más creativo e original que el otro *le caen piedras de los admiradores de Jackson*. Esta canción en especial, cada vez que la escucho me dan ganas de levantarme a bailar y que el tiempo se detenga y que no se acabe nunca.


5. Raise your glass / Pink



So raise your glass if you are wrong in all the right ways.

Pues, que mi querida ídola musical tiene esa maña tan particular de escribir letras fuertes, actuales, que llegan al corazón y a la razón. La amé desde que apareció allá por el 2001 con Get This Party Started y la sigo admirando ahora, porque solo ella sabe cómo decir las cosas de una manera tan hermosa como Just Give Me a Reason o Family Portrait. Digamos que Raise Your Glass es un himno. Un mensaje feliz para todos los marginados, para todos los que estamos equivocados de la manera correcta. Cheers!!



6. Dream a little dream / Cass Elliot 







But in your dreams, whatever they'll be, dream a little dream of me. 

No recuerdo en qué momento apareció esta canción en mi vida... Lo que sí sé es que se convirtió en tema de muchos momentos lindos y se la he cantado a alguien alguna vez porque era feliz... Y contra eso, no hay nada que se pueda hacer. No es una canción de felicidad eufórica como muchas de las que conforman esta lista. Es más bien una canción de felicidad suave, tranquila, pausada; como muchas veces suele ser la felicidad cuando uno está completo. La canción apareció por primera vez en 1931 y quizás sea de las más versionadas en la historia, la han cantado desde Louis Armstrong hasta Robbie Williams... Hay una versión muy deprimente de Zoey Deschanel que no les recomiendo. Pero quizás la que me da felicidad y por la cual la canción es más conocida, es la versión de Mama Cass Elliot. La voz de ella es hermosa. Es un arrullo.




7. Danza Húngara No. 5 / Johannes Brahms




Pues que al parecer, Brahms se peló para su época, porque según veo y siento, sus Danzas Húngaras eran tan bailables y estaban llenas de una euforia poco convencional para esa época. La más conocida de todas, la Número 5, la bailé en kinder vestida de gitana, con panderetita y todo lo demás. Aunque no lo crean, esta melodía también ha sido muy versionada, según dicen, Brahms la escribió originalmente para piano y luego fue orquestada, pero, claro, la versión para violín de David Garret es de las más felices que hay, y luego está la versión con bandoneón de Martynas que es una alegría para el corazón... Pero, si me dejan escoger, me sigue alegrando más, mucho más, la versión orquestada. 



8. Walk Like a Man / The Four Seasons en versión Heart and Souls + Robert Downey Jr.



oo woo-oo-oo oo woo-oo-oo (wop wop wop wop) oo woo-oo-oo oo woo-oo-oo

Y resulta que, ajá, Los Four Seasons tienen demasiadas canciones felices como Sherry, Big Girls Don't Cry, Can't Take my Eyes of You... Y la que nos compete en esta ocasión: Walk Like a Man. Digamos que la canción de por sí ya es muy feliz, pero si ustedes le agregan el toque de que Robert Downey Jr. la cante y baile en la escena de una película; pasa a ser el colmo del júbilo y regocijo. Bailemos...


9. Tubthumping / Chumbawamba 



He drinks a whisky drink, he drinks a vodka drink, he drinks a lager drink, he drinks a cider drink... He sings the songs that remind him of the good times, he sings the songs that remind him of the better times.

Esta canción la bailamos, la gritamos, la saltamos, nos la golpeamos tantas veces y tantas noches en las fiestas y reuniones en mis primeros años en Apex. Una época feliz, sí, cuando todos rondábamos las mismas edades y compartíamos pensamientos, gustos y sueños. Tubthumping era el himno de aquellos días y cuando comenzaban las primeras notas y palabras "we'll be singing..." y eso, la mara enloquecía, alzaba sus vasos y botellas. Y la euforia se apoderaba de los cuerpos. Alguna vez salió más de alguno golpeado. En otra fiesta hubo una mesa quebrada. ya no hacen a la gente ni a las canciones así. You're never going to keep me down. NEVER, dije. 


10. Shiny Happy People / REM


Everyone around, love them, love them, put it in your hands, take it, take it... There's no time to cry.

"Esta historia trata de andar pasaditos los veinte, creerse la dueña del mundo, la verdad absoluta, la noche, el futuro, y los pocos amigos que uno tiene. Trata del descubrimiento de uno mismo junto a otros que descubrían lo mismo, o se creían que estaba descubriendo lo mismo o vayan a saber. Se trata de semanas largas con sus noches más largas todavía, cuando el alcohol no era suficiente, mucho menos las cosas que contar y compartir con la gente que te llenaba la vida de eso... Vida. Y trata del viento y sentirte tan libre que más libertad no era posible y de salir y caminar y hablar y emborracharte hasta llorar o morirte de la risa o las dos cosas al mismo tiempo. Trata de las preguntas que uno se hace a esa edad, de lo que se trata de entender, que no era lo mismo que se trataba de creer. Y las miradas de los que crecían y creían con vos. Y los amaneceres de año nuevo, de navidad, de los cumpleaños y tener cualquier excusa para celebrar o no. Y ser tan libre. De eso trata. De repente las canciones vuelven a sonar y los recuerdos se llenan de verdadera shiny happy people bailando descalza en una calle equis o un parque equis o la colonia equis en donde vivías."

(Para el post original, podeís ir aquí)

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Para el playlist en Spotify:


No encontré por ningún lado Shiny-Shiny ni Lights Out, se las debo.

Y eso es todo. Iba agregar Need You Tonight de INXS, The Beds Are Burning de Midnight Oil, How Do You Do de Roxette, Feeling Good de Nina Simone, pero tal vez dan para una segunda parte de este post. Solo quiero aclarar que las canciones no están en ningún orden específico de preferencia, las fui poniendo tal cual las fui recordando. Tal vez sí la de Barry White sea la número uno de mi lista. Pero no estoy segura, podría ser la de Chumbawamba o la de REM. Quién sabe. 



domingo, 11 de mayo de 2014

Conmemoraciones

Antes yo era una persona especial. Me sabía de memoria (todavía me los sé, esas cosas no se borran jamás) las fechas de cumpleaños de mis amigos (y hasta de mis no tan amigos) e iba por la vida siendo la primera en llamar por teléfono o pasar dejando el respectivo abrazo o regalo... Me gustaba mucho, demasiado, hacer regalos. Me gustaba hacer regalos bien pensados y comprar los papeles y listones para envolverlos yo misma. De hecho, una Navidad seleccioné por más de un mes los regalos para mis compañeros de trabajo, cada uno de esos regalos fue escogido pensando en los gustos y aficiones de cada uno de ellos. Hacía vídeos, mandaba fotos, recordaba momentos, canciones, colores. Era capaz de recordar hasta como estaba vestida cuando conocí a tal o cual persona (de hecho todavía lo recuerdo, ya les dije, esas cosas no se olvidan), qué canción sonaba, cómo estaba la temperatura de la arena cuando iba platicando con el enamoradito de los 17 años. Y así.

Como les dije: era una persona especial.


Siempre fui del tipo que le daba un poder casi mágico a los recuerdos y a los objetos, fechas, música y olores relacionados con ellos. Era del tipo que hacía referencias como "caía una lluvia suavecita", "el cielo estaba más azul que nunca", "sonaba tal canción de Leonard Cohen", "amanecía y el suelo estaba lleno de colillas de cigarros", "el día que te conocí llevaba una camiseta morada, un jeans desteñido y el pelo salvajemente suelto"... Esas cosas, saben. Esas cosas que hacen que la vida valga la pena y sea memorable.

Y entonces, cada recuerdo se volvía una conmemoración con la representación simbólica del objeto, canción, ropa o cualquier cosa que pudiera representarlo. Oh, sí, cariños, a los 17 años le pedí a mi madre que me ayudara a bordar unos pañuelos con las iniciales del enamoradito que había conocido en la playa, otra vez hice un disco con todas las canciones que habíamos intercambiado otro chero y yo y se lo regalé para un cumpleaños... Otra vez escribí a mano -sí, a mano, en un cuaderno vintage y con una plumita especial comprados ex-profeso para la ocasión- todas las cartas y "comunicaciones" que habíamos tenido con este otro tipo. Pasé casi quince días escribiendo a mano, saben, era bastante la comunicación que habíamos tenido en una relación que tuvo que terminar trágicamente a los ocho meses -lo de "trágicamente" es una exageración para darle más drama a este relato-... Y entonces, cada conmemoración, alegre o gris, se me iba llenando de canciones, objetos. Melodramas, si quieren llamarlo así.
Pero -sí, siempre tiene que haber un pero en cada historia importante-, llega un momento en que te das cuenta de que ser especial no te lleva a ninguna parte, mucho menos cuando los otros, los del otro lado, el de los pañuelos, el disco y el librito escrito a mano; no le dan el mismo valor que vos. O al que llamás por teléfono todos los años para felicitarlo por su cumpleaños ni siquiera se acuerda del tuyo... Y dice una persona que conozco, que uno no debe hacer ese tipo de cosas esperando algo de regreso, que sino, no tiene gracia. Pero vieran que después de tantos años y conmemoraciones sin sentido; uno pierde la fe en la humanidad. Después de transferirle a un objeto tanto significado y dárselo al otro para que no lo reciba con el mismo entusiasmo y pasión y entrega con el que vos lo hiciste; no tiene sentido.


Y uno deja de ser especial.

De un día a otro.

Y empieza a tirar los recuerdos por la ventana.


viernes, 11 de abril de 2014

En este capítulo: sácame de aquí.

No sé ustedes, pero yo tengo esa tendencia a "trabarme" en una canción por mucho y mucho y mucho tiempo. ¿Alguna vez les he contado la historia del día que infatuada por una melodía la grabé todas las veces que cabía en un cassette de 90 minutos? -sí, cassette, esas cositas de cinta para oír música y que ya no existen-. Fue hace muchos años -obvio- era adolescente y... Ya saben cómo son las cosa a esas edades. Cuando conocí a Damien Rice y a The Blower's Daughter, en una depre, la oí por alrededor de una hora mientras pensaba o trataba de recordar si había odiado a alguien en la vida -conste, era una tarea que me habían dejado.

En fin. Sé que muchos de ustedes lo han  hecho y me entenderán.

El asunto que nos compete en esta ocasión se llama Sácame de Aquí, una canción de Bunbury con la cual llevo más de dos meses en obsesión continua, diaria y constante. No puedo pasar un día sin oírla, esa canción... He visto casi todas las versiones de sus vídeos. La lloré el día del concierto. Sí, cuando se regresó la segunda vez al escenario, la cantó, mientras yo, convencida por mi querido esposo de que tenía que aceptar que el concierto había terminado, iba casi arrastrada a la puerta de salida.

–¡¡No puede ser!!– Reclamaba, claro, con la poca voz que me quedaba después de haber "gritado" todas las canciones. 

–No ha cantado Sácame de Aquí, ¡¡no puede ser!!– Y, ajá, no podía ser. Se regresó y la cantó y lloré casi con el mismo sentimiento de felicidad con una desolación extraña que lo hice cuando me encontré frente a frente con las D’emoiselles D’Avignon en el MoMA y el edificio del Tesoro en Petra. Sí, ese mismo. (Sí, van a perdonar, soy una snob que llora por esas cosas y cosas como que se muera la mamá de Bambi en la película)


Resulta que me he preguntado varias veces qué es lo que me pasa con esa canción y he llegado a la conclusión de varias cosas al respecto. A parte de que conocí la canción en un momento deplorable de la historia, bueno, mi historia, y de que la letra tiene una cantidad innumerable de frases citables, hay tres cosas –que tal vez a ustedes les parezcan irrelevantes- de las que me he dado cuenta a medida que la escucho: 


La canción está perfectamente musicalizada. Oigan, no solo es la pinche bandita tocando con la guitarra, el bajo, el piano y la batería: hay trompetas, hay violines (bueno, un violín), una guitarra acústica, un bandoneón... Escuchen con atención, agudicen su oído. Agudícenlo, les digo. Yo no sé mucho de terminos musicales, pero esa guitarra del inicio y su cadencia, como que se tropieza, se cae y se levanta, se tropieza, se cae y se levanta, se tropieza se cae y se levanta; hace que la canción tenga una de las introducciones más memorables de las canciones de Bunbury. Es en serio, esa entrada con guitarra me da cosquillas en la panza.

Esa era la primera cosa.

La segunda tiene que ver con el violín. Por cierto, la mujer que toca el violín hace el coro mientras no lo toca y así, por lo menos en el concierto de Zaragoza y del cual son todas las fotos que aquí publico. Agudicen su oído, les dije: casi la mitad de la canción ese violín esta siendo “pichicateado”, es casi imperceptible, claro, todos los demás instrumentos y la voz del Búnbury lo opacan, pero si prestan atención lo pueden oír cuando comienza su actuación en el minuto 1:30. Y bueno, el pizzicato (del italiano, pellizcado) es esa ¿técnica? en la que no se usa el arco, sino que se “pellizcan” las cuerdas del violín -en este caso- con el índice y el pulgar. Suena memorable entre los gritos y lamentos de Bunbury ¿no creen?

Y la tercera tiene que ver con el mismo Bunbury. Sí, el divo ese, mi  ídolo musical, como alguien una vez se atrevió a llamarlo. Ese mismo que ha sido nombrado como uno de los más influyentes de la música en español por la Rolling Stone. Ese hombre, al final de la canción hace un derroche de drama, lírica y voz (aunque no tenga precisamente una buena voz) que me paraliza y deja sin respiración hasta que la canción termina. El grito final es desgarrador (particularmente en el concierto de Zaragoza). A uno le dan ganas de salir corriendo y sacarlo... A donde sea que quiera ir.



Total, que he oído mucho esa canción en los últimos días, ¿ya dije eso, verdad? y quizás no tenga que ver con todo eso que les he dicho, quizás, nada más tenga que ver con que aún podemos ser libres dentro de una canción.

Quizás sea eso.