lunes, 13 de abril de 2015

La Canción de Nosotros.

El querido Galeano fue descubierto en la biblioteca de la UCA en algún momento de mis primeros años de estudios de Derecho. Nunca me gustaron sus ensayos, ni sus Venas Abiertas, ni sus relatos de fútbol. A mí siempre me gustó su Canción de Nosotros. El capítulo 7 lo ocupé para "quotear" un "relatito" que escribí cuando tenía veinte años, con el cual años después participé en un concurso y quedé nada más ni nada menos que en el medio, la mitad de los votantes odió mi relato, la otra mitad lo amó... En fin, que durante años busqué ese libro. Y cuando digo años me refiero como a veinte años. Por un momento hasta se me olvidó el título, y creyendo que lo había encontrado, compré uno de relatos cortos en la FIL de Guadalajara en el 2009. Hace como un año lo volví a encontrar -el libro-, gracias al internet y los conocidos de Twitter. Tengo la versión digital y el capítulo 7 me sigue impresionando y maravillando como cuando tenía veinte años y no sabía absolutamente nada de la vida.
Y bueno, este es mi homenaje al querido Galeano.
7. El regreso
Calle abajo se ve el mar y parece que los barcos navegaran sobre los tejados. Las gaviotas rozan el agua, le arrancan chasquidos, recobran vuelo con las alas abiertas. Las hélices de un barco van removiendo, a ritmo parejo, el agua de barro; las olas golpetean lentamente contra la quilla. Ya se han disuelto en el aire nuevo de la mañana los jirones de niebla que al amanecer ondulaban, como colas de caballo, entre los mástiles. Detrás del edificio de la aduana, un bichicome recoge un tizón de leña que ha usado para calentar el agua del mate. Alza el tizón y dibuja, en el muro, un garabato alegre.
Calle arriba, está casi vacío el café de la cortada. La luz del día choca contra los vidrios de la puerta y se rompe en múltiples haces dorados. Dentro de los chorros de luz deambulan, flotando, haraganes, el polvo y el humo.
Con la vista clavada en el fondo del pocillo vacío, Mariano está queriendo y no pudiendo descifrar los enigmas de la borra del café. Después piensa en otra cosa y con la cucharita raspa la borra, dibuja el óvalo de una cara, hace tintinear la loza; después alza la mirada; después la ve llegar, entrar, venir: le ve los ojos oblicuos, que cambian de color según la luz o el ánimo y se encienden al descubrirlo allí sentado, en la mesa del fondo, esperándola, y la lluvia negra del pelo que ahora ella lleva suelto. La ve deslizarse como un barquito, caminando, navegando, entre las mesas y los espejos.
Clara se para frente a Mariano y dice: “Hola”. Ella quisiera que fuera posible hacer de cuenta que no ha pasado el tiempo ni ha pasado nada. Se sienta al revés, abrazada al respaldo de la silla, el mentón sobre el respaldo, y a Mariano se le alborota el pecho, Mariano piensa: es una suerte que ella siga estando.
Clara se muerde el pulgar. Al cabo de un buen rato, dice:
—Así que volviste.

Y dice:
—Es peligroso.

Mariano alza los hombros: —Pasó mucho tiempo.

—No tanto. No tanto tiempo.
—Bastante.
—Cualquiera te...

Y dice:
—¿Te creés muy cambiado? Estás cómico, con esos bigotes. ¡Y rubio! Te reconocí en seguida.
Éste es un lugar tranquilo. Él espera las palabras, las envuelve, las conduce. Mariano está sentado de espaldas contra la pared y se siente por fin capaz de respirar sin jadeos. Al otro lado de las cortinas amarillas de las ventanas, hay manchas que atraviesan el aire fresco y luminoso de la mañana de otoño.
En otra mesa, lejos, un viejito escarba el diario con los lentes. En el mostrador, un hombre bebe de espaldas y conversa, susurrando, con su vasito de caña: tiene una pierna encogida, como un tero. El lustrabotas duerme en un rincón.
Mariano pide dos vasos de vino blanco bien seco y frío. Clara bebe de a sorbitos, se relame los labios, dice:
—¿Te acordás? Me habías pedido que te leyera la suerte.
No cruzarse de brazos ni de piernas, cortar en tres con la mano izquierda. El caballito de copas. Mariano llevaba un gorro de plumas, gola, capa:
—Cinco de copas, situación peligrosa. Siete de oros, sorpresa. Cinco de bastos, disgusto. Nunca más te iba a ver. Era raro pensar que nunca. Las manos se buscan y se aprietan. Las barajas se equivocan. Como nosotros. Como todos los bichos vivos.
Mariano dice:
—Un buen día descubrís con cuánta facilidad te pueden borrar. Te queman las cartas, los libros, las cosas tuyas. Te matan o te encierran o te obligan a irte. Un buen día te das vuelta y descubrís que ya no queda ninguna huella. Como si no hubieras existido nunca. Ahora, tengo nombre de otro.
El sol va enrollando las sombras y se las lleva. El lugar huele a madera húmeda y a café recién molido. Cuando llegue la noche, el olor a tabaco predominará.
—¿Por eso volviste? ¿Por eso me querías ver?
—Y vos, ¿no querías?
El le mira el rostro, multiplicado por los espejos de los lambrises de madera. Parpadea y Clara está desnuda bajo el sobretodo de él, que le queda como una carpa, y lleva los zapatos de él, desabrochados, y camina por la casa, camina como Chaplin, y está bellísima.
Mariano sacude la cabeza:
—Hoy anduve toda la mañana buscando el café del griego. Pensé que se había mudado, que...
—Yo volví, algunas veces.
—¿Sola?

—¿Cómo?

—Pregunto si volviste sola. Ella le pellizca el muslo y él pega un respingo.
—Claro que sola, bobo. Al mediodía, como antes. Volví aunque me daba miedo. Después, necesité ir y el café ya no estaba.
Clara vuelve el rostro. Arriba de los revestimientos de madera se retuercen unas molduras de yeso; más arriba hay un afiche de corridas de toros, descuajeringado y sucio de moscas. De golpe, Clara dice:
—No entiendo por qué volviste.
Y retira la mano. La mano de Mariano queda sola sobre la mesa, con la palma vuelta hacia arriba. Tiene la línea de la vida larga pero muy tajeada.

—No entiendo. Me habías dicho: “No nos vamos a ver más. Somos libres”. Yo me quedé muda mirándote la espalda y te perdiste en la esquina de la estación. ¿Qué esperabas? ¿Que te corriera atrás? ¿Que te llamara a gritos? ¿Para qué quería yo esa libertad que me regalabas? ¿Para qué la quería?
(Mariano escuchaba los ecos de sus propios pasos y llevaba la cabeza vacía por dolorosa victoria de la voluntad, pero al llegar a la estación del ferrocarril se le metió por los oídos el estrépito de la máquina aproximándose y entonces supo que desde ahora le harían falta los navegantes misteriosos que tan a menudo se perdían, por puro gusto, en los desfiladeros de niebla de la memoria o la imaginación de esta muchacha. Trepó por los peldaños de fierro y supo que ella sería, desde ahora, una nuca entrevista en la muchedumbre o un perfil que se escapa, una voz adivinada entre otras voces. Que él se daría vuelta bruscamente y echaría a correr y tomaría a una mujer por el brazo: que se equivocaría siempre. Entró al vagón de pasajeros y se sentó en uno de los viejos asientos de paja de la época de los ingleses y supo que ella persistiría: escuchó el traqueteo de las ruedas sobre los rieles y supo que ella persistiría, persistirá: en verano, en los túneles de hojas, convertida en un sanantonio que te camina por el brazo, o en las noches de julio, llenando una silla vacía en la complicidad humosa de los cafés. Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca, nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca, nada”. Y no volvió.)
—Clara.

—Sí.

—Yo.
Clara dibuja espirales de ceniza sobre la mesa de madera. A Mariano, la boca le niega saliva.
—Yo te extrañé mucho, ¿sabés? —dice Clara—. Y te odié mucho, o quise odiarte mucho, para que no me lastimaras. Quise verte cuando estabas preso, pero no había manera, y yo no tenía a quién preguntar. Y después... Después, me sentía como una bala perdida. Me despertaba llorando. No me gusta llorar. Cuando era chica, leía un libro para varones y había dos páginas que me hacían llorar. Cada vez que leía esas dos páginas, lloraba. Entonces las pegué, con goma. A mí no me gusta llorar.
Mariano se atraganta, carraspea,
dice:
—Te mandé un mensaje. Dos.
Un par de señales de humo. Te llamé. —Mucho después —dice Clara.
—Sí.

—Mucho después y desde lejos.
—No me contestaste nunca — dice Mariano.

Clara se ríe, sin alegría.
Enciende un cigarrillo. No le siente ningún gusto, aunque no está resfriada.
—Siempre decidís todo por tu cuenta, ¿no? —dice.
Y dice:
—Yo sabía que iba a pasar el tiempo y nos íbamos a olvidar bastante o del todo.
Por un segundo, Mariano siente la tentación de contestar algo que sea brutal y definitivo, como para ayudar al jodido destino a cumplirse, pero se saca los anteojos, mordisquea la patilla y dice:
—No recurrí a vos. Renuncié a vos. Como en las novelas cursis del siglo pasado, ¿no? El enfermo sin salvación viene de ver al médico y dice a la mujer que quiere: ‘Ya no te quiero”.
Una arañita, minúscula, camina sobre la mesa; trepa a la mano de Clara, le tiende un puente de hilo entre los dedos. Clara busca los ojos de Mariano:
—Me habías dicho cosas horribles. Antes.
—No.
—Me habías acusado de necesitarte.
—No. No.

—Me habías dicho que...
Ella echa una bocanada, persigue una mosca con el humo. —Tendrás mucho para contar — dice.

—Y vos.
—¿Yo? No mucho.
—Supongo que te habrán pasado cosas —dice, explora, pregunta Mariano—. En todo este tiempo...
—Me aguanté —contesta, elude, se encierra Clara—. No me morí en tu ausencia. Para mí era fácil, ¿no? ¿Te acordás? Me decías que yo tenía piel de tela impermeable y que todo me resbalaba y... Yo me quedé aquí. Me quedé. Un país en demolición. Esperando. Que se me cayera encima y me aplastara.
Clara escucha su propia voz resonándole bien adentro:
“No vas a llorar, Clara”, su propia voz: “No vas a llorar, no”, alzándola y aguantándola para que no tropiece y se caiga. Por los ojos no le sale nada. Por la boca tampoco. Aunque quizás le haría bien decir: “No me gusta estar sola. No estuve sola. No me gusta sufrir. Te borré. No te necesito”.
Mariano clava la vista en los tablones del piso de madera, en la mugre de varios días con sus noches, las manchas de alcohol o de café, los puchos apagados contra el polvo grasiento.
—Yo no quiero que nadie me espere —dice—. No quería.
—Para no sentirte obligado a esperar a nadie —dice Clara—. Por eso.
—Puede ser. No sé. Puede ser —dice Mariano, y dice—: No importa.
Las palmas de las manos de Clara forman un cáliz que le sostiene y le aprieta los músculos de la cara. Esta cara que parecía no cambiada. Si se pudiera, piensa Mariano, ser más fuerte que la pena y el olvido. No quiero empezar otra vez con aquellas guerrillas inútiles: me dijiste, te dije, no fue eso, sí fue, quise decir, no quise, sí quisiste, no. No quiero haberte lastimado nunca. No quiero defenderme. Si se pudiera decirte que en la prisión vos eras la única libertad que ellos no podían arrancarme. Si se pudiera verte todavía la alegría sacándote chispitas por los poros de la piel. ¿Sabés? Si se pudiera. Fue un asesinato. Ya sé. O no. El amor era un dios primitivo: me exigía sacrificios: se había muerto de hambre.

—Seguís sin decirme.

—¿Qué?

—Por qué volviste.
Mariano mira al techo. Decirte: me sentía ladrón. Decirte: estaba usando una libertad que no era mía. Y además, ¿por qué vuelve el animal salvaje a beber del agua de la cañada? Pero no dice nada.
—¿Querés que te lo diga yo?
—No. No me hagas preguntas. No me gusta que me hagan preguntas. —Ya sé. Te sentís como si te estuvieran mandando. Yo debería saberlo. Todavía vivís defendiéndote. Como antes. Antes, también eso me gustaba. Pero yo cambié, Mariano. Yo cambié.
Mariano quisiera besarla o quisiera romperle la cara. En cambio, le dice: “Perdoná”. Aprieta el vaso entre los dedos. La mira mirarse las uñas comidas; la mira mirarlo como si él fuera transparente y también quisiera que no hubiera pasado el tiempo y que no hubiera pasado nada. ¿Hasta qué edad se puede creer que la noche es una diosa peleadora y no el resultado de la rotación de la tierra? Enciende un cigarrillo: confirma que sigue mal del pulso. Pide más vino. Podría decir que ha vuelto para hacer algo por su pobre Tierra y por lo que le merece ser salvado; y eso sería verdad. Pero sería solamente una parte chiquita de la verdad.
—Uno decía: “Brindemos por la próxima vez”, y en el fondo sabía o temía: “No habrá ninguna próxima vez”. ¿Qué somos, Clara? ¿Fantasmas borrachos que andan por ahí? ¿Qué somos todos nosotros? ¿Qué mierda somos? ¿Por qué se arruina siempre todo? ¿No podemos hacer nada que dure?
Mariano siente que muy del fondo le brota la necesidad de hablar, de contarle. La prisión. La importancia universal de una frazada y una manzana. La memoria de tu cara. En el espacio breve de tu cara cabía toda mi libertad y sobraba sitio. Contarle: “Pero las caras se sueltan y se van. Una noche le pedís una cara a la memoria y la memoria no segrega nada. La muerte es eso. No poder recordar. Eso”. Contarle: “Me colgaron de una cruz de madera, con las piernas abiertas hasta rajarse”. Contarle: “Alguien había escrito en la pared de la celda: Afuera siempre creyeron en vos”.
Hablarle, contarle, decirle: quedar vacío. Pero sonaría a súplica o chantaje.
—¿Por qué se joden siempre las cosas? ¿En qué momento se joden para siempre?
Clara lo mira, mordiéndose los nudillos. De pronto hace chasquear los dedos y abre el bolso, como apurada, y saca una libreta de tapas negras. Mariano parpadea: es su rotosa libreta de teléfonos y direcciones. La acaricia con la mano. Las tapas correosas, cuarteadas. Con el pulgar, hace correr las páginas. De la A ala Z. La orejea; la abre. La cierra.
—Así que se salvó.
—Varias cosas se salvaron. Está muy deshecha. Tendrías que pasarla en limpio. Yo no me animé a tocarla.
—Yo tampoco me animo. Me da miedo.
Y piensa, y los discos, y los libros, ¿qué se habrán hecho? Una queja de saxos, una garúa de guitarras, una huella digital impresa en una página, los amuletos regalados por las mujeres que amé y los hombres que fueron mis hermanos: una cápsula de una bala calibre 22, una piedrita transparente para apretar entre dos dedos y alejar la desgracia, un caracol de colores, un caballito de mar: sí, yo te había dicho: no importa perder las cosas, las cosas no significan nada. Pero ahora me pregunto: aquellas cosas que yo quería, ¿qué se habrán hecho?
Esta libreta. Esta libreta:
—Está toda llena de muertos, Clara, y de gente que se ha ido. Te podría decir: los conocí, por lo tanto no están muertos; los conocí, por lo tanto no están lejos. Sería una puta mentira.
Tienen sed. Piden más vino blanco, y luego más. Cada uno siente las rodillas del otro bajo la mesa; las piernas se mueven, se extienden, se entrelazan. Ahora fuman del mismo cigarrillo. Ahora no están tan lejos del otro tiempo, cuando dormían abrazados y nada iba a poder destruirlos y esa insensatez era mejor que la memoria y que los días siguientes y se despertaban y se encontraban los ojos y pensaban: pobrecito Dios, que no puede nunca estar así, por el trabajo que tiene.
Clara echa la cabeza hacia atrás. Él le mira el arco del largo cuello flexible y sin collares, el borde de la blusa: bajo esa tela azul, en las hendiduras que conducen a los hombros, hay algunas pecas. Era lindo recorrerlas y demorarse. Clara juega con un mechón de pelo, se lo pone de bigote, lo mordisquea. Ella había sido payasa, de muy chica: andaba siempre vestida con la ropa de los hermanos mayores, con un sombrero muy aludo en la cabeza, y andaba descalza, y siempre se le rompía el dedo gordo del pie en los saltos mortales.
Clara dice:
—Mariano.

Y dice:
—Acariciame la cara. Eso. Así. Mariano siente entibiarse la piel contra la palma de su mano abierta y ella inclina la cabeza y le roza el dorso de la mano con los labios. Ella dice:
—Quería que volvieras. Sí quería. Quería, Pirata.
Después se levantan, después salen. Mariano renguea de una pierna. La espalda de ella siente frío y él le sube el cierre de la blusa.


domingo, 12 de abril de 2015

Minuto Feliz

Que luego de haberlo leído dos veces, vuelvo a caer en Gracias Por El Fuego, de Mario Benedetti. Además de descubrir algunas verdades ciertas, dolorosas, un poco fuertes; descubro que él usaba muchos punto y coma. ¿Quién usa el punto y coma ahora, quién? Además, en ese libro, que leí por primera vez en mis días de estudios en la UCA, cuando creía que ser abogado (a) sería un éxito, encontré una de las verdades más irrefutables de la vida - o del amor, como quieran verlo -, que para estar total -completamente- enamorado uno tiene que estar seguro que también inspira amor... Que lo quieren de regreso, pues. 
Sino, qué chiste. Sino, no es amor, supongo.

El asunto es, que volví a leer este libro por tercera vez en la vacación de Semana Santa. Me salté algunas partes que me parecieron aburridísimas a estas alturas de mi vida. Sí, hago esas cosas, me salto parte aburridas de los libros... Y bueno, uno viene a caer en párrafos como este:

"Creo que tenés derecho a sentirte, una vez por lo menos, al día con tus emociones, con tu vida; creo que tenés el derecho de sentirte pleno; te confieso que para mí ha sido toda una crisis; pero de pronto vi claro, vi que la muerte se está vengando siempre de nuestras vacilaciones; nuestra vida se compone de tres etapas: vacilar, vacilar y morir; la muerte, en cambio, no vacila frente a nosotros; nos mata y se acabó; el gran espía, la formidable quinta columna que ha instalado la muerte en nosotros, se llama el escrúpulo; ya sé, yo tengo escrúpulos; vos también, entendeme que no estoy en contra el escrúpulo; pero es la quinta columna de la muerte; porque gracias al escrúpulo, vacilamos, y se nos pasa el tiempo de gozar, de gozar ese minuto feliz que, como gracia especial, fue incluido en nuestros programas; nos pasamos la vida soñando con deseos incumplidos, recordando cicatrices, construyendo artificialmente y mentirosamente lo que pudimos haber sido; constantemente nos estamos frenando, conteniendo, constantemente estamos engañando y engañándonos; cada vez somos menos verdaderos, más hipócritas, cada vez tenemos más vergüenza de nuestra verdad; por qué entonces no puedo hacer posible tu minuto feliz..."

Y entonces, venís a pensar en todos los minutos felices que te has negado en tu vida... Minutos felices en momentos simples como no reírte de algo con una carcajada suelta porque qué va a pensar la gente de tu carcajada escandalosa y sonora. Minutos felices como compartir un momento con gente que es mucho menor que vos, porque qué van a decir de que tengás amigos que podrían ser tus hijos... O al menos tus sobrinos. Minutos tan simples como "tengo canas", "tengo arrugas", pero igual; la vida me puede seguir sorprendiendo de la misma manera. 

Uno se niega tantas cosas, tantos momentos, tantos minutos... Y supongo, que al final, te vas a estar arrepintiendo de todo lo que no hiciste, de todos los "te quiero" que no dijiste por los escrúpulos y por todos los qué va a pensar, qué va a pensar la gente de que camine descalza en un cementerio porque los zapatos se hunden en el suelo. Qué va a pensar la gente de esta persona que soy, de todas las preguntas que me hago a diario. Qué va a pensar la gente de que no sea como todos esperan que sea, de que no sea la media normal de la mamá-esposa-amadecasa-perfecta...

¿Qué van a pensar todos de mí?
¿Acaso importa?

La vida es ese minuto que a cada momento se va...

Es decir, ¿quién quiere que la muerte lo tome preguntándose cosas?
Yo quiero que me tome dándole respuestas.

Y si lo vemos de esta manera: nada es finito. Todo es eterno.
Todo vive en los recuerdos de minutos felices que vamos acumulando.

Nota al final de la edición: hay una versión salvadoreñizada o poetizada de los minutos felices de Benedetti, se llama Recuerdos Felices. Y vendría siendo lo mismo. La vida es infinita. 

sábado, 21 de marzo de 2015

En mi Día Internacional de la Poesía.












NUNCA nosotros

Vos y yo y los otros,
Los muertos en vida, los resurrectos,
Los desesperanzados que sueñan
Una apagada y gris nostalgia.
Vos y yo y los otros,
Los desmesuradamente vacíos de cielo,
De luz,
De nubes,
De luna,
Los que derriban puentes y pasos,
Los que apagan las luces para no verse,
Los que construyen paredes y cárceles.

Esos otros:
Muertos en vida,
Buscando una estrella azul en la ventana,
Una flor que nace en la mañana,
Buscando sin excusas,
Algo que no muera con el perfume de las rosas.

Y vos:
Inconcluso en,
Encontrando ausencia de paisaje,
Llegando, llenando, navegando…
Cadena de breves encuentro furtivos
En la noche del ser abandonado.

Y yo:
Persiguiendo sueños y colores,
Viviendo una palabra de fe en los andamios,
Recogiendo los cristales rotos del pasado…
Inconcluso ser abandonado
En la noche ausente de paisaje.

Y vos
Y yo:
NUNCA NOSOTROS



Hasta que la muerte nos separe

Esta es mi piel,
Este el camino que te ofrezco recorrer hasta la aurora,
Porque a ti,
A mí,
Nos sobran lazos para amarnos,
Para siempre:
Hasta que la muerte nos separe.

Esta es mi vida,
Esta la dicha de contemplar tu nocturnidad más profunda,
Porque de ti,
De mí,
Varias razones para eternizar
Mis manos más tus manos:
Hasta que la muerte nos separe.

Este es mi palabra,
Esta la gloria que no se firma jamás en los papeles:
Te amo y digo sí todos los días…
Hasta que la muerte nos separe.


Puertas

Silencio puertas muros laberintos
Salir y entrar en ellos
Dejarme ver dejarte verme
Sentirte adivinarme
leerme entre tus líneas
Líneas paralelas y vos así de cerca
entre las líneas tan lejos
cada vez mirarte sonreír
por algo que ni vos mismo entendés
Entendés poco o nada

Darte darme cuenta
sospechar por tu sonrisa
mi sonrisa de lado
inequívoca
acercarme acercarte sentirte en mi piel
adivinada y adivinarme en tu aliento
que dibujo que presiento
aquí en mis labios tus labios
sin espacio más y tiemblo
Tiemblo en tu silencio
Tiemblo en tu mirada
Tiemblo en tu presencia
Tiemblo sin más sin ti sin mi
Sin nosotros
Un nosotros que no existe
Desencadena cadenas de antaño
Abre esas puertas
Tira esos muros
Descubre laberintos
Me aleja cada día que muere
Me acerca cada día que nace

Que vuelvo
Solo para mirarte mirarme en tu mirada
Solo para reflejarme en tu sonrisa



Desatar palabras solo porque sí.
Decir cosas que normalmente no digo
y escribir así de rápido
y sin pensar como usté lo hace.
No quiero pensar mientras escribo esto,
solo dejar que las palabras salgan de mis dedos,
atropelladas, desbocadas;
así como me siento a veces.

De hacer las cosas que quiero y no,
que las palabras salgan y lo digan.
Que digan: soy así y no de la manera que quisiera.

Esta no soy yo.
Les digo.
Nadie sabe quién soy,
ni siquiera mi sombra.
Mi sombra a medias también,
escondida también,
preguntándose también
por qué los viernes son malos
y a veces los lunes no.

Quiero regresar a decir lo que no dije,
a hacer lo que no hice,
a repetir todos los días la historia
y encontrale todos los días miles de continuaciones posibles,
miles de guiones
y respuestas
y lugares
y frases hechas.

Solo para creer que así pudo haber sido.

Cuando usté escribe
me dan ganas de ser como usté,
tener su edad,
su tiempo,
su futuro,
sus posibilidades,
su ventana con vista al infinito...



No quiero casarme con vos
ni que te cases conmigo

Prometo no enamorarme
ni permitir que te enamores de mi,
no voy a contestarte cuando me llames
y yo tampoco voy a hacer llamadas

No quiero que me des regalos
ni que celebremos juntos el 14 de febrero
mucho menos pasar las navidades
aburriéndonos juntos
tomando vino
para olvidar que nos aburrimos

No quiero casarme con vos
ni que te cases conmigo,

aquí queda escrito para siempre
para acordarnos mañana
que te lo había prometido.


Esperar
Esperar toda una vida.
Y cuando digo vida no me refiero a vivir
como respirar o ver o sentir o simplemente ser
me refiero a vida como eso que se esconde
en las esquinas de las canciones o los poemas
o en los reflejos de una mirada sobre otra
o en los blancos de los grices o azules.
esperar toda una vida, digo
por la noche plagada e invadida de estrellas
por las risas y el agua y la espuma
esperar toda una vida por la mirada
por la sonrisa que se resiste a salir
por la sonrisa que lucha, por la sonrisa
que se desata como gota de agua sobre el agua.
esperar como quien espera la utopía,
esperar en silencio y entre sombras...
Esperar por mirarte y que me mirés de regreso
por la arena revuelta, los pensamientos revueltos
los brazos, las piernas y las lenguas revueltas.

Esperar por el abrazo y las risas.
Esperar.
Porque no quedaba más que eso.
Esperar y allí estás.
Como un oasis.
Un hechizo.


Te quiero dar el mar.

Te quiero dar el mar y no.
Su silencio interminable.
Su lengua de espuma
precipitándose en la arena.
Las huellas quedando
irremediablemente perdidas
para siempre...
Su olor incalculable de historias
que han ido callando sus pasados.
Te quiero dar el mar y no.
Sus nubes aburridas de tanto verano.
Sus lluvias cansadas de ser tan grices.
Sus cielos dramáticos y ciegos
gritando tanto amanecer
que nadie quiso ver.
Quiero darte el mar.
Y no.
Sus caracoles diminutos
dejando un rastro en la playa,
sus pájaros volando y pasando de largo,
tan largo y sin vernos, tan lejos su vuelo,
tan profundo su aliento, tan lejano y fugaz.
Osado y pretérito.
Siempre pasando, el mar.
Y no, quedando en calma.
En silencio. Callado.
Te quiero dar el mar y no.
No puedo.


Morir

Morir queriendo
morir de querencia de quereres y cariños
morir de la curiosidad
de saber que es lo que pensás
lo que sentís, lo que comés, lo que respirás
morir de sueño
del sueño profundo, del sueño de todos los días
del sueño que estuvieras siempre mirándome
y mirándote hasta que todas las luces se apaguen
y empieze un día nuevo
morir de hambre
morir de envidia
porque sí, porque me nace de muy adentro
morir porque los principios se acaban
y los finales siempre llegan
morir de finales largos y clavados como puñales
de finales esperados e inesperados
de finales como vidrios que se quiebran
de finales sonoros y aparatosos
de finales en silencio, finales como plumas que caen

Morir porque no queda otra forma de vivir,
morir como hecho inesperado
morir de hambre
morir de lo mismo de siempre
morir de lo que dice la gente
morir al respirarte
morir cuando no te respiro
morir de ti y de mi
enhebrando juntos una historia
sin horizonte conocido
con un paisaje lejano
que se le aleja y se aleja

y se aleja

morir porque te tengo y no
morir porque te escapás
morir como un refugio
morir como un estigma
morir porque se me acaba el aire.

Morir porque se me acaban las palabras
los minutos, las sonrisas y los días
morir como un simulacro
morir de verdades y de mentiras

Morir de canciones y poemas
de todas la letras que en su momento tuvieron sentido
de todas las letras que fueron, vinieron y no son
morir de la risa que reís junto a mí

morir como si nada
morir de ya no me queda más que decir

morir

simplemente morir

morir y morirte

morir deshauciada

morir