miércoles, 8 de noviembre de 2017

Morir, porque no queda otra forma de vivir






















Morir queriendo,
morir de querencias, de quereres y cariños,
morir de la curiosidad
de querer saber qué es lo que pensás,
lo que sentís, lo que comés, lo que respirás,
morir de sueño
del sueño profundo, del sueño de todos los días,
del sueño que estuvieras siempre mirándome
y mirándote hasta que todas las luces se apaguen
y empieze un día nuevo,
morir de hambre,
morir de envidia,
porque sí, porque me nace de muy adentro,
morir porque los principios se acaban
y los finales siempre llegan,
morir de finales largos y clavados como puñales,
de finales esperados e inesperados,
de finales como vidrios que se quiebran,
de finales sonoros y aparatosos,
de finales en silencio, finales como plumas que caen.

Morir porque no queda otra forma de vivir,
morir como hecho inesperado,
morir de hambre,
morir de lo mismo de siempre,
morir de lo que dice la gente,
morir al respirarte,
morir cuando no te respiro,
morir de ti y de mi,
enhebrando juntos una historia
sin horizonte conocido,
con un paisaje lejano
que se le aleja y se aleja

y se aleja

Morir porque te tengo y no,
morir porque te escapás,
morir como un refugio,
morir como un estigma,
morir porque se me acaba el aire.

Morir porque se me acaban las palabras,
los minutos, las sonrisas y los días,
morir como un simulacro,
morir de verdades y de mentiras.

Morir de canciones y poemas,
de todas la letras que le dan sentido,
de todas las letras que fueron, vinieron y son,
morir de la risa que reís junto a mí.

morir como si nada
morir cada vez que nos decimos adiós


morir

simplemente morir

morir y morirte

morir deshauciada

morir

domingo, 20 de agosto de 2017

Las promesas que nunca cumplimos





















Hace veinte días me prometí escribir una entrada diaria en este blog. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Por qué nos seguimos escudando tras todas esa promesas que no llegamos a cumplir?

¿Tres hijos, un esposo, un emprendimiento, cuatro mascotas y seis clases de noventa minutos a la semana serán suficiente excusa?

Vamos dejando todo para después, porque es más fácil perderse en el tiempo, dejarse atrapar por la comodidad cotidiana, por la espumante cervezas de los viernes por la noche, por el cómplice guiño de la serie o la película de Netflix; por todo lo que creímos que podría ser, pero nunca fue.

¿En dónde quedan todas esas promesas de levantarte temprano, de hacer ejercicio, de comer bien, de dejar de fumar? Esa promesa de convertirte en la persona que querés ser, la que querés dejar atrás desde hace más de cuatro años, la persona fuerte, la que es un ejemplo para sus hijos y la humanidad.

No es fácil ser un ser humano.

¿O sí?

Déjenme sus consejos y coordenadas. Necesito cumplir muchas promesas.

lunes, 31 de julio de 2017

El poder de las palabras













“Imaginad por un instante a la primera persona que habló. Tuvo que ser alguien, siempre hay una primera vez. Resulta evidente que antes del lenguaje verbal ya había comunicación: gestos, rugidos, actitudes. Pero muy poco a poco un sonido, un gruñido primario, acabó por asociarse a un significado concreto. Ese sonido se le quedó pegado a algo: a un objeto, a un animal.”
Así dio inicio la lección número uno del Taller de Fuentetaja en el que pude participar hace algunos años: El Amor Por Las Palabras, impartido por Antonio Romar. Y hablar del origen de estas, cuando les tenemos un gran cariño, es casi mágico, casi un descubrimiento, una realidad que había estado allí, esperando a ser descubierta.
El origen de las palabras es simple, como se menciona allá arriba; las palabras nacen cada vez que existe la necesidad de nombrar algo, una cosa, un sentimiento, una emoción, un animal… ¿Pero cómo nace la primera palabra, quién la dijo, cuál fue la necesidad que la hizo ser nombrada?
“En ese milagroso instante en que, señalando quizá un peligro, un animal salvaje que los acechaba (o puede que mirando a la luna en un repentino acceso a la belleza) un sonido quedó ligado a un referente exterior, la humanidad rompió a llorar recién parida. Imaginad el pánico. Aquella persona debió de sentir un miedo atroz, una gigantesca soledad. Porque hasta entonces había vivido con la naturaleza y esa noche empezó a vivir en la naturaleza. Porque nombrar algo es también señalarlo con el dedo y para hacer tal cosa es necesaria una condición sustancial. Para señalar con el dedo hay que ser consciente de que lo señalado no es yo. Me explico: es necesaria la consciencia.”
Así de sencillo, la palabras nacen en el momento en que comenzamos a ser conscientes de nosotros mismos. Así como un bebé, así como comienza a darse cuenta de que él es un ser separado de su mamá y de todo lo que le rodea, así mismo, así como comienza a decir sus primeras palabras. Y ese es el primer poder del lenguaje: la creación. Crear palabras para nombrar las cosas.
Y eso nos lleva al segundo poder del lenguaje: nombrar algo es poseerlo, es hacerlo nuestros. Por eso en algunas religiones no se pronuncia el nombre de Dios, es una blasfemia.
“Al invocar algo lo traemos al mundo porque poseemos su nombre. Tan claro se tiene esto en algunas religiones que evitaban que el nombre de dios se pronunciara, es más, incluso que se conociera. Además de dar pie a varios relatos de Jorge Luis Borges, el tetragrammaton (literalmente: cuatro letras), que transcritas a nuestra grafía serían ‘Y H W H’, se preñó de vocales y es el origen de nombres como YaHWeH o YeHoWaH, que son también eufemismos para evitar nombrar lo innombrable, pues hacerlo sería como tratar de apropiarse de dios. ¿Y qué blasfemia mayor que tratar de poseerlo, encerrar en una palabra algo infinito?”
Y luego de estos dos poderes del lenguaje, llega el tercero, el más funcional, el que ha ocultado a los otros dos:la comunicación. Y que es realmente para lo que ocupamos el lenguaje, las queridas palabras, a diario. Y lo digo, lo repito: no hay nada más rico (me refiero a riqueza, no a sabor u otras connotaciones que se ha dado al uso de la palabra) que conocer las palabras, poder tomarlas, juntarlas y hacer que en una cadena sin fin puedan decir -comunicar- lo que queremos.
Para conocer el origen e historia de muchas palabras hay un libro muy bueno de Ricardo Soca que se llama La Fascinante Historia de las Palabras, editorial Rey Naranjo.

domingo, 30 de julio de 2017

Volver































Tengo varios meses de no escribir. Eso me preocupa, como tantas otras cosas. Como miles de cosas todos los días. Como despertarme a media noche y pensar que la hija se fue a escalar el volcán de Santa Ana sin bloqueador, o hasta qué punto tenés que seguir preguntando a un cliente si se va a decidir por la propuesta, o si finalmente el hijo recién graduado va a recibir una beca.

Tengo varios meses de no escribir y lo recordaba esta tarde, mientras miraba en Netflix Words And Pictures y con un poco de entusiasmo en el corazón me sentí identificada con el personaje y me emocionaba al pensar en cómo cobro vida en mi clase de Redacción II mientras hablamos de la importancia de las palabras y hacemos un análisis acucioso de uno de los relatos de Jorge Luis Borges.

Mientras pensaba y recordaba cuando les digo a mis alumnos que escribir, como todas las competencias, necesita mucha práctica...

Y, entonces, heme aquí, retomando esto nuevamente, con música de Phillip Glass de fondo, porque sí, su música es para escribir, para volver a una de las cosas que le da más sentido a tu vida, y por qué no, terminar o publicar ese relato de despedida que le debés a la amiga desde hace más de seis meses.

Esta publicación sería entonces como un welcome back, o un recordatorio de que no se debe ir dejando las pasiones para después, para cuando tengás tiempo.

Mi tiempo es y será de las palabras.





martes, 13 de diciembre de 2016

Cuánto aprendizaje puede caber en un solo año.



























Hace doce meses me estaba yendo de la empresa en la cual había trabajado por casi 20 años y en la cual me había acomodado dulcemente, no solo a un sueldo fijo y la seguridad mensual de ese pago, sino que a la gente, al confort de relaciones de casi dos décadas, a la silla negra, al escritorio blanco; a ser dueña y señora.

Ahora que lo recuerdo, fueron días extraños esos de irme desprendiendo, sobre todo de la gente, la comodidad de tu grupo, los inside jokes, la rutina, la seguridad de lo establecido. No crean, me dolió un montón, hay cosas a las que -por más que creás que sí- nunca estás preparado. Hubo fiestas navideñas, claro, también hubo fiesta de despedida, la típica en que terminás haciendo el recuento de la historia con final nostálgico, lleno de lágrimas, cuando querés saborear hasta el último segundo de las personas a las que realmente quisiste. Hasta el último segundo, dije. Sí, hay adioses que se precipitan tanto.

El 18 de diciembre dejé un escritorio vacío allí, y sí, déjenme creer -por lo menos para mí misma- que estas alturas no han podido llenarlo. Me fui un poco rota, pero con la idea de mi propia empresa y la esperanza de una reconstrucción desde cero. Siempre he sido optimista, es una de mis virtudes, quizás, las cosas parecían tan claras.

Pero,  ha sido un año largo, cansando, lleno de cambios y golpes y tropiezos. Pero también lleno de aprendizaje. Ustedes no se imaginan cuánto se puede aprender dándole vida a la propia empresa, siendo independiente, trabajando en el silencio de tu escritorio y tu cabeza. ¿Alguna vez les conté cuánto miedo me da el silencio? Claro, enfrentar los miedos y vencerlos, de eso se trata esta vida. No se imaginan cuánto he vencido este año, desde lo más grande hasta lo más mínimo, como irte a meter vos sola a uno de los barrios más lejanos de San Jacinto.

Es de ponerse a reír cuando miro para atrás y me doy cuenta de que estos largos doce meses me prepararon para este momento en que me levanto a las cinco de la mañana y me acuesto a las once, trabajando, estos días en los que no he tenido ni sábados ni domingos, estos días en que a mi casa no ha llegado la Navidad; porque toda mi energía y pensamiento están enfocados en los ocho proyectos aprobados de diciembre. Sí, sin darte cuenta, la vida te va preparando para muchas cosas. La vida te quita, pero, si estás atento a sus mensajes, siempre te da cosas mejores.

Y bueno, sí, toda esta "filosofada" salió inspirada de este artículo leído en Mashable en el que en una serie de memes ilustran cómo la gente se siente de destruída al final de este año













Por un momento pensé que sí, que así me siento de destruída. Pero luego de una mínima reflexión me doy cuenta de que no, no estoy destruída -¿les dije lo optimista que soy?-, he ganado mi batalla, he aprendido tanto, quizás más que en toda mi vida, descubrí que de donde menos lo esperabas hay gente que es maravillosa y te apoya, aprendí que también hay gente que te va a dejar, gente que no va a cumplir su palabra, gente que solo te va a utilizar -sobre todo cuando se sienten solos y les han roto el corazón-. Sí, qué maravilla, imagínense cuánto aprendizaje puede caber en un solo año. Y sí, hay tanta gente a la que darle las gracias.

Y esta iba a ser una lista de las cosas que me ha dejado este largo año, pero, imagínense, no iba a acabar nunca.

El aprendizaje ha sido demasiado.

martes, 22 de noviembre de 2016

Todas esas historias que escribimos y las que no

Cuando era pequeña quería ser trapecista.

Así comienza la historia de mi vida y me encanta contarla y ejemplificarla cuando me presento en mis clases o talleres, y cómo de eso pasé a ser lo que soy ahora. A hacer lo que hago ahora.

Pensaba en eso hoy, hace un momento. Y pensaba en lo interesante, en lo infinito que tiene cada una de nuestras historias (ajá, es algo para contarlo en un taller de Storytelling), la capacidad "elástica" de expandirse de cada uno de los momentos que podemos contar.

Tomemos como ejemplo este relato que escribí para @NonGirlyBlue hace casi tres años 


















Digamos que la primera historia es la no-historia de esta mujer o ser o como quieran llamarle; que no es más que una copia de sí misma que se repite una y otra vez hasta cuando me duró el trance de la canción que lo inspiró. El segundo componente paralelo es  -precisamente- la hora -o más- en la que todos mis sentidos fueron suspendidos por la cadencia electrónica de la melodía -Copy of A, como verán- Estaba en la oficina, eran alrededor de las 6 de la tarde, estaba pasando por un momento difícil y decisivo de mi vida, tenía que presentar una campaña importante al día siguiente, era lunes y "mañana" cumplía años. Así, sin más, escribí como enajenada por una hora con la canción en repeat y audífonos. La tercera historia tiene que ver con mi cumpleaños. Mientras escribía y seguía en trance, todos los compañeros de mi grupo desaparecieron y, paralelamente al relato que escribía, me reí para mis adentros porque cuando percibí su ausencia me di cuenta de que estaban planificando la decoración de mi escritorio para el día siguiente.

(Sí, aquí vamos a hacer un paréntesis para hacer ver o subrayar lo dañino que es tener una memoria como la mía. Recordar, por ejemplo hasta cómo estabas vestida, en qué posición estabas sentada, y cómo entraba el sol por las ranuras casi inexistentes que se hacían llamar ventanas)

El segundo ejemplo tiene que ver con esta foto: (no me pidan un mejor tamaño, es la única que tengo)











Digamos que la foto tiene varias dimensiones y varias historias parelelas adjuntas a ella, veamos: uno sonríe para la foto, aunque tenga unas grandes ganas de llorar. Para los que ven la foto, es un asunto plano, con algunos elementos atrás, unos contenedores, un barco, un edificio. Para el que está en la foto es un asunto de muchas dimensiones. Por ejemplo: hay un cielo arriba, un cielo con un sol de las dos de la tarde, digamos un sol bastante quemante. Y resulta que el día anterior hubo un cóctel de bienvenida de no sé qué, con mucho vino y después un bar llamado La Cava, bastante acogedor, hasta que sale un grupo tocando y cantando a todo pulmón música de Los Ramones, y después una discoteca en Ciudad Vieja, Blue Note o algo así con martinis de colores, el piso azul y sillas altas por doquier… Así que digamos que hace calor y de nada sirve la blusita blanca de tirantillos, porque es más que calor, llamémosle desasosiego. Y en las otras dimensiones de la foto también está la persona que la toma, que se baja en unas gradas para atrás y dice “pérate” mientras le da vuelta con el pulgar al rollo de la cámara desechable que compró en la entrada, porque cómo iba a ser que se fueran sin una foto del Canal, y entonces le dice “reíte”. Y más atrás, abajo, en las mismas gradas, está la otra persona que los acompaña mirando cómo toma la foto el que toma la foto y mirando también a la que sale en la foto, y ella hace esa mueca que parece sonrisa, pero no, porque realmente hay un puño de gente a su derecha en una gradería mirando el espectáculo de las exclusas, y los gentíos siempre le han dado angustia, mucho más a las dos de la tarde en el Canal de Panamá cuando hace tanto calor y desasosiego. Suena el click. En esa partícula increíble de tiempo, ese paréntesis de vida, mira hacia adelante. Sol, calor, gradas, ellos, él, gente, edificio; viernes catorce de marzo de dosmil cuatro. 

Y entonces, caigo en cuenta de todas las dimensiones y de todas las historias que se desarrollan alrededor de una historia, de una vida, en un año... En este mismo momento en el que escribo. En el momento que alguien va a leer esto. ¿Se dan cuenta? Es una ramificación de historias. Incluso, de lo que siento yo respecto a esto que estoy escribiendo y lo que va a sentir el que lo lee.

¿Se dan cuenta?

Mientras escribía esto recibí tres historias por Whatsapp: la de mi amigo que está en clases en algún salón frío de Praga, la de mi otro amigo que me recuerda el valor del proyecto en el que estamos trabajando, y la de mi hijo adolescente que se está subiendo a un avión en México para regresar a casa. 

¿Se dan cuenta?

Cada historia que escribimos y las que no. Cada historia es infinita. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Pasa el tiempo -once meses, la verdad- y venirte a dar cuenta de podés soñar y hacerte muchas ideas, en especial, yo tengo la tendencia a eso: a pensar, a imaginar, a idear; pero de allí a que las ideas tomen forma y se hagan realidad es un camino bien largo y duro y lleno de satisfacciones y frustrante y da miedo y a veces da risa y a veces dan ganas de tirar la toalla y tiene sus logros, sus orgullos, sus ganas de alzar dos copas de vino.

¿Y por qué no?

He andado un largo camino este año. Eso es bien cierto. Con la independencia, todo el tiempo y la vida por delante, poco a poco te vas convirtiendo en otra persona. Y les diré, ese proceso, tal vez, es el más difícil de todos. Entender, después de más de 20 años de trabajo en el "absorbente" mundo de las agencias de publicidad; que hay vida después de eso.

Y antes también.

Que toda aquella fantasía de sacrificar tu tiempo y el de tu familia por la pasión y las responsabilidades, solo existía en tu mente. Que de nada sirvieron aquellos largos días de desvelos y de madrugadas y fines de semana entregados al trabajo, porque media vez salís por la puerta ALLÍ QUEDÓ.

ALLÍ QUEDÓ, entiendan.

Y entonces te enfrentás a todo el tiempo del mundo que es tuyo, de tu familia, tus amigos. Toda esa gente a la que no tenías tiempo de ver, porque siempre estabas bien ocupada. Y entonces te topás con los cargos de conciencia un lunes a las nueve a eme, porque te atacó otra vez el insomnio, el que tenía tiempo de no visitarte desde que el tiempo es tuyo y así. Y entonces ese lunes a las 9 de la mañana la tal conciencia te impide seguir durmiendo, aunque no hayas pegado el ojo en toda la noche. Pero no, es como si alguien estuviera allí, al lado tuyo, reclamándote por responsabilidades que ya no tenés, por tiempos que llenar, por sillas que ocupar, por computadoras que encender.

Y NO.

No dormiste toda la noche.

¿Te das cuenta de que tu vida ahora te pertenece?

Sí, esa es la parte más difícil de la independencia, la que tanto cuesta lograr. Saber, por ejemplo, que no importa si te da la una de la tarde trabajando en pijama en tu casa en esa presentación que - tal vez - traiga un cliente más. NO IMPORTA, ¿entienden? porque al final uno se sigue engañando con la fantasía del tiempo y los horarios, de la ropa y la presentación. A quien le presente la presentación o le presentemos la presentación no se va a enterar nunca de que yo estuve en pijama pensándola, dándole forma, escribiéndola. Porque al final lo que importan son los resultados, ¿verdad? No todo el tiempo que perdí en un escritorio y en una oficina tomando café, resolviendo problemas, contestando llamadas y correos y mensajes, mediando entre la gente.