jueves, 26 de mayo de 2016

El Segundo de la Novena.





















Mi papá oía música clásica. Lo he contado muchos veces, creo. Se sentaba en la oscuridad de la sala con los ojos cerrados a oír discos - esos a los que ahora les llaman vinyles, sí, papá era muy hipster -. Quizás por esa razón se me pegó y me llegó a gustar tanto la clásica que desde bien pequeña ya me sabía algunas piezas y sus autores.

Y quizás por su música que refleja es estado de su espíritu atormentado, desde siempre me incliné mucho por Beethoven. El Beethoven querido con sus patéticas y sus apasionatas, con su destino llamando a la puerta, con sus altos y bajos, con toda la locura y la pasión de alguien que nunca comprendió ni se supo adaptar bien a este mundo.

Yo tenía alrededor de 20 años en mi momento máximo de soledad, cuando me costaba un poco y un tanto adaptarme a la gente y prefería sentarme con un libro, una película o a escuchar música que a perder el tiempo entre conversaciones en las que no podía participar, ni podía entender. - Hey, sí, alguna vez en la vida todos hemos sido así de snobs -.

La cuestión es que tenía alrededor de 20 años y me iba yo sola a los "toques" de la Sinfónica, a veces me atravesaba a pie todo el centro, sí, en aquella época en que estaba bien y no pasaba nada. Y era un sábado en la tarde o algún día en la tarde y no recuerdo si la melodía sonó con la lluvia o la lluvia cayó con la melodía de fondo; pero recuerdo estar sentada frente a una ventana viendo caer un diluvio con el Segundo Movimiento de la Novena Sinfonía



Y no sé si fue mi imaginación o qué, pero la lluvia sonaba como la melodía o viceversa y desde entonces siempre que la escucho me suena a tormenta, emoción, viento, enormes gotas de agua cayendo, un río bajando por la calle, agua golpeando las ventanas. Y este movimiento - no tan conocido por la gente como el Cuarto, sí la famosísima Oda de Schiller - me suena como a una de las cosas más emocionantes de la vida.

Si nunca la han oído, dénse la oportunidad. Hay cosas maravillosas. Esta es una de ellas.

martes, 5 de abril de 2016

Hace dieciséis años

Era miércoles y piedra sobre piedra.
























El sol quemaba, el sombrerito de turista. El Mar de Galilea ya no era un cuento que contaron en la Biblia. Sonrisa sincera, pelo corto, el mar que no es mar; tranquilo y suave como no pudo haber sido el día que Jesús caminó sobre el. Un ferry llamado Lido, como el pan, sí como el pan, abriéndose camino por la mañana, con los "ohs" de los gringos, dejando atrás Tiberias con casitas blancas, olores a pescado, tristezas que estaba lejos de descubrir.

Hace diesiséis años era miércoles y poso con los brazos cruzados frente a la iglesia que fue levantada en donde Jesús dijo "Beati pauperes spiritu: quoniam ipsorum est regnum cælorum."Aunque probablemente no lo dijo así, no en latín, si no que en arameo, o vaya usté a saber en qué dioma. Una iglesia con vitrales y santos y bancas de madera, como todas las iglesias, y una negra nalgona a mi derecha buscando algo en su bolso, grande, inmenso, infinito. Una iglesia rodeada de palmeras, no palmeras de coco como las nuestras, palmeras de dátiles y cosas como esas, palmeras extrañas, creciendo entre flores rojas, jardínes inmesos donde hace dos mil años pasaron cosas. Cosas de no creer hasta ver y así para siempre creer o no.

Hace diesiséis  años era miércoles y un guía judío llamado Didier Stroz, arqueólogo polaco que hablaba ocho idiomas y era pequeño y algo calvo; nos hablaba en Capernaum con biblia en mano, cual libro de historia: Mateo y Marco y Mateo y otra vez Marco 2:1. Y debajo de una piedra, cerca de las ruinas de algunas columnas que probablemente fueron romanas, debajo, sí, allí, por allí; la supuesta casa del que fuera José, el que fuera el papá de Cristo, sí, ese mismo, el que dicen y cuentan que era carpintero. Ruinas y más ruinas y palmeras, más palmeras por todos lados.

Hace diesiséis  años era miércoles y me escondía para fumarme un cigarro detrás de la iglesia de Tabgha, las paredes eran de mármol café, café claro, envejecidas, construidas viejas como todo en Israel. Las paredes estaban extrañamente heladas, difusamente limpias, como recién levantadas. En el fondo del ala de la iglesia, debajo del altar, cubiertas con vidrio de varias pulgadas de espersor para protegerlos de los años, el deterioro y las multitudes; los mosaicos bizantinos representando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Tabgha también con sus columnas. Columnas por todos lados y el frío extraño de sus paredes y platos de cerámica reproduciendo el milagro para llevar de recuerdo. Como recuerdo de ese viaje. Milagros de mentiras.

Hace diesiséis  años era miércoles y Didier contaba sus historias en el bus en inglés y después en español. Lo mismo, igualmente traducido, las mismas palabras, los mismos datos en el mismo orden y nadie más lo notaba, porque los cuarenta gringos no hablaban español y los cuatro colombianos no hablaban inglés. Y yo ponía atención en los dos idiomas y trataba de descubrir en el cuento del polaco alguna equivocación, pero nunca, no, no se equivocaba; la misma historia en inglés y en español, la misma historia dos veces narrada, dos veces escuchada. Y molinos de viento. Y árboles rosados delimitando la frontera con Siria. Otro mundo y otras guerras. Guerras extrañas y ruinas de casas. Otras tristezas, tantas. Guerras en un país tan pequeño como el nuestro. Desierto y el Golán nevado, todo en el mismo paisaje. Todo allí mismo y no.

Hace diesiséis  años era miércoles y la muerte desconocida. Miraba el atardecer de casa incendiándose desde la ventana del cuarto de hotel, el atardecer de techos con paneles solares, una ciudad de ruidos desconocidos, voces en otros idiomas, historias descoloridas.

Hace diesiséis  años era miércoles a las once de la noche en Israel y jueves en la tarde en El Salvador. El internet no era tan accesible como hoy en día. Uno hablaba por teléfono y me costó dos noches entender cómo se hablaba a El Salvador. 

Era jueves aquí y miércoles allá.

Mi papá estaba en el hospital desde cuatro días atrás.

Era jueves aquí y miércoles allá y le hable a mi hermana para preguntar por él. La tristeza es incierta, la muerte sorpresiva. Las palabras no se entienden. 

"Ay... Ayer lo enterramos". 

Eso dijo.
Hace diesiséis años.

sábado, 20 de febrero de 2016

Cuando era pequeña quería ser trapecista
















y de cómo Strauss te llena de alegría una mañana de sábado 


Cuando era pequeña quería ser trapecista. Mis padres, sorprendidos por tan tierna revelación -tenía cinco o seis años, creo-, hicieron lo más lógico posible en aquellas épocas para acercarme a mi sueño: me inscribieron en ballet en la Escuela Nacional de Danza.

Ajá

trapecista-ballet
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¿Entienden?

Al parecer sí me gustaba, pero los recuerdos más cercanos que tengo a los primeros días de ballet son sol y calor. Sí, la clase era a las dos de la tarde. Sol y calor. Y muchas niñas fufurufas con zapatos Dr. Scholls, unos de madera carísimos que servían para "subrayar" el arco del pie. Yo no necesitaba subrayar el arco, era -o es- demasiado exagerado; y aunque hubiera sido, nunca me hubiera puesto unas sandalias tan feas.

En fin. Usábamos mallas rosa y leotardo negro y mi primera maestra de ballet se llamaba Carmencita. Tenía pelo corto y un acento extraño por entonces, creo que habrá sido de algún país sudamericano o algo así y por alguna razón, a pesar de que yo era la niña más tímida y callada en la historia de la humanidad; era una de sus preferidas. La Carmencita se sentaba conmigo a platicar mientras esperaba a que llegaran por mí y a veces mi papá llegaba y me compraba mango en bolsa o minuta, pero cuando llegaba alguno de mis hermanos, no. Ellos llegaban a coquetear con las bichas de los últimos años.

El asunto es que la Carmencita me regaló un libro. Creo que el primer libro en mi vida. Era Corazón de Edmundo De Amicis. Y, bueno, creo que eso marcó mi vida, o al menos dio la inicio a una gran amistad con la lectura, las letras y los libros; y gracias a la tía que trabajaba en una librería, seguí leyendo un montón: Julio Verne, Lois May Alcott, Sir Walter Scott... Ustedes solo digan. Mi tía nos regalaba libros para todos los cumpleaños. A la tierna edad de 11 años leí María de Jorge Isaacs. Ya saben esa novela... Como de mil páginas y descripciones en hojas y hojas y hojas que nunca terminan. Y, ajá, tenía un cuaderno en donde iba anotando todas las palabras que no entendía -que eran muchas- y luego la buscaba en un diccionario. Un año después comencé con mi primer e inocente intento de novela. Riánse, sí. A esa edad decidí que me gustaba escribir.

Y veamos...

Les estoy contando todo esto, porque ahora en la mañana al levantarme e ir por mi primera taza de café, me dio un antojo de Strauss. Y con él vienen esos montones de recuerdos del ballet, del grupo de danza del colegio, en el que mi hermana y yo éramos las estrellas -claro, porque éramos baletistas de la Escuena Nacional- y bailábamos Rosas del Sur en vestiditos de tul rosado con lentejuelas en el pecho y moños altos que nos achinaban los ojos. Y recuerdos también del disco de Strauss de papá, el mismo vinyl que ahora yo tengo. Y de cómo ese papá se sentaba en la oscuridad por las noches a oír los valses y los nocturnos de Chopin y de cómo yo lo veía por un agujerito de la puerta de mi cuarto, él con los ojos cerrados y moviendo la cabeza de un lado a otro al ritmo ese de Strauss.

Strauss, querido, cuánto recuerdo feliz.
Cuánta alegría.


lunes, 11 de enero de 2016

Instrucciones para volver a armarse

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible 
por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto 
de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. 

Julio Cortázar














Para comenzar, darse cuenta de que uno se ha desarmado tampoco es una tarea fácil. Te das cuenta del asombro de que tu partes ya no pertenecen unas con otra, cuando una mañana cualquiera las piernas ya no le responden al cerebro y, por ninguna razón quieren levantarse de la cama. Claro, romperse no es cosa de todos los días y no hay que alarmarse pensando que uno va a tener que pasar por este proceso tantas veces al mes o al año. No, romperse viene de un momento trascendental en el que una parte tuya se va con cada evento desafortunado que se sucede uno tras otro. Las partes van quedando por allí tiradas. Cuidado, la reconstrucción siempre es posible. Solo hay que tener la precisión de ir recogiendo una a una las partes, como niñito recolectando piedras en una playa, y guardarlas en un lugar seguro, fresco y abierto en donde luego se puedan extender para realizar el proceso de re-armado. 

(Mientras comienza y dura el proceso, recomendamos tener uno o dos gatos gordos y peludos que se dejen abrazar y sobar cuantas veces sean necesarias al día)

* El armado puede tomar varios días, semana o meses, dependiendo de la complejidad de las roturas y separaciones de todas las partes. 

* Comience por extenderlas en un lugar en donde puedan recibir la mayor cantidad de sol posible. De preferencia el primer sol de la mañana o el último de la tarde. 

* Reconozca bien todas las partes y a qué lugar pertenecen, aunque sépalo: no es necesario que vuelvan a quedar en el mismo lugar

* Cuidadosamente, y con cariño, limpie y pula cada uno de los pedazos. Este acto puede realizarse con un simple paño de franela. De preferencia rojo. 

* Luego del pulido, vuelva a guardarlas, tratando de protegerlas de cualquier otro daño. Sáquelas al primer sol de la mañana todos los días por alrededor de 30 minutos a una hora. Vuélvalas a guardar. Repita cuanta veces considere necesario.

* También es importante tomar en cuenta que una persona rota no es muy atractiva ni entretenida para los demás; por lo tanto usted estará solo en todo este proceso. Las partes que quedaron pueden ser pesadas, usted solo tendrá que cargarlas.

* Las partes estarán listas para unirse otra vez cuando tomen un tono brillante, fresco y sano.

* Vuévalas a extender al sol y al viento. Júntelas otra vez con cuidado y paciencia. En este momento, el amor por las partes, que se están convirtiendo en una sola otra vez; es bien importante. 

* Disfrute  y analice bien su obra. Si no está completamente satisfecho, volver al paso anterior.

* Salga nuevamente a la vida, repítales a todos que no está dispuesto a dejarse romper una vez más.


domingo, 3 de enero de 2016

La fantasía del año nuevo






























Siempre lo ha dicho: ese asunto del año nuevo es una fantasía. El tiempo es relativo, recuerden, y mientras, nos damos paja haciéndonos creer a nosotros mismos que vamos a dar inicio a una nueva vida y cursilerías como esas.

NO.

Los propósitos que nos hacemos en estos días pueden ser hechos fácilmente en cualquier momento del año, queridos. No busquen excusas. Cualquier día sea 4, 17 o 23; puede ser bueno para recomenzar o ponerse propósitos o como quieran llamarlo. Yo no me hago porpósitos desde hace varios aón cuando me di cuenta de lo inútil que es eso. Hasta hubo un año en que me hice despropósitos y los pueden ver aquí. Pero ni siquiera los despropósitos sirvieron, porque dicen que para cambiar un hábito se necesitan 20 o 22 días o algo así y para eso se necesita una gran disciplina y paciencia.

EN FIN.

Este año he decidido no enfocarme en lo que quiero hacer, sino mas bien, en lo que no quiero hacer. No voy a hacer lo que no quiero por ningún motivo... Y de allí los propósitos indirectos serán cumplido.

¿Me explico?

domingo, 20 de septiembre de 2015

Vivir para sorprenderse. (Todos los días)

"We have a responsibility to awe". 

En los últimos años mucha gente ha criticado mi excesiva afición a las redes sociales, especialmente Twitter e Instagram; las dos en las que he encajado mejor. Supongo que no logran alcanzar a entender el increíble poder de comunicación y conexión que te pueden dar las redes...

Todo con moderación.

Puedo confesar que algunas de las mejores amistades que tengo las hice en Twitter, como por ejemplo, a @Accidental_ y @sinrevelar las conocí allí, luego en persona, luego hicimos conexiones increíbles, terminamos abriendo un blog juntas, ¡ellas dos terminaron trabajando juntas! Ahora comemos Chory's de vez en cuando las tres y pensamos que de alguna forma vamos a conquistar el mundo escribiendo relatos y escuchando música. Oh, sí.

Y una de esas coincidencias en las redes me llevó a hacer una de las conexiones más inusitadas de mi vida. Lean esto con atención: hace algunos años, alrededor de 6 o 7 comencé esa otra afición adictiva por observar las nubes. Fotografiarlas. Tratar de entender sus formas, colores, densidad. Eso. Y eso me llevó a compartirlas. Y eso me llevó a seguir The Cloud Appreciation Society y hacer publicaciones regulares de mis fotos en su cuenta de Twitter. Resulta que una de esas publicaciones (no me pidan que la publique, please, fue hace miles de años) fue vista por William Van Doren (The Very Rich Hours) y a él le resultó bastante parecida a una de sus pinturas (otra vez: no me pidan que la publique, me tardaría mil horas en encontrarla) y me lo comentó en Twitter.

Y bueno, queridos, la historia es larga. La amistad se trasladó a gmail y por más de dos años hemos compartido nuestras perspectivas del cielo, los atardeceres, las nubes, los amaneceres, nuestros puntos de vista acerca de miles de otros temas como la música, el arte, la vida... Como podrán ver en su página web o cuenta de FB, William Van Doren ha pintado el atardecer todos los días desde enero de 2006, pueden leer acerca de eso aquí. Y uno, o una no puede dejar de admirar algo como eso. Y ajá, otra vez las redes me llevan a una amistad de fuertes intereses y conexiones. Una amistad "imaginaria", dirán aquellos ilusos que no se dan cuenta del poder que pueden tener conexiones como esas. Sí, ILUSOS, dije.

La cosa es que a uno de mis hijos se le presentó la oportunidad de ir a Washington en enero de este año como parte de un grupo de su escuela... Eso qué tiene que ver, se preguntarán ustedes. Paciencia, amiguitos, ya vamos a llegar allí. Y que, bueno, el hijo no pudo ir por diversas circunstancias que no vienen al caso en esta historia. Y que el pasaje ya estaba pagado y de alguna forma le teníamos que dar uso y sí, nos fuimos a Washington en estas vacaciones de agosto y sí, casualmente Charlotesville, la ciudad en donde vive el pintor queda a casi una hora de Washington.


Y, queridos, que sí, un miércoles bastante cálido nos encontramos en The National Air and Space Museum (el menos interesante de los museos de Smithsonian que pudimos vistar, según el rating de estos dos visitantes). Y, al contrario de lo que todos creen, Washington no solo es Capitolio, Casa Blanca y Monumento a Lincoln y eso; no, Washington es una oportunidad de más de 15 museos gratis. GRATIS, dije. Así que, emocionados, con mi hijo adolescente y el pintor de los más de 5 mil atardeceres nos fuimos a visitar galerías de arte, museos de arte, patios de arte, entre almuerzos demasiado tardes y café demasiado negro.






























Uno no debería ir por la vida desaprovechando la capacidad de sorprenderse, de conocer gente que sorprenda, de vivir momentos sorprendentes. Uno no debería ir por la vida con el cinismo de no darse la oportunidad de mantenerse vivo por el simple hecho de la curiosidad. Conocer una persona sorprendente tampoco pasa todos los días. Conocer una persona que es pintor, músico, escritor... Que nunca recibió una clase de pintura, que entrevistó a BB King, que fue el primer escritor contratado para escribir el guión de Titanic, tampoco pasa todos los días. Conocer a una persona que además de todo eso, es jovial y divertido, con el alma tan joven que cautiva a tu hijo adolescente, una persona con la que se puede hablar de historia del arte, hasta cosas tan banales como cómo suena Creep en su versión literal en español. Alguien con quien te podés reír de cosas como esas mientras miles de turistas de todas las nacionalidades pasan.

Alguien que te permite ser parte de uno de sus miles de atardeceres:





















Eso es un regalo. Un regalo, también, es tener colgada esa pintura en la pared más azul de mi casa:




lunes, 13 de abril de 2015

La Canción de Nosotros.

El querido Galeano fue descubierto en la biblioteca de la UCA en algún momento de mis primeros años de estudios de Derecho. Nunca me gustaron sus ensayos, ni sus Venas Abiertas, ni sus relatos de fútbol. A mí siempre me gustó su Canción de Nosotros. El capítulo 7 lo ocupé para "quotear" un "relatito" que escribí cuando tenía veinte años, con el cual años después participé en un concurso y quedé nada más ni nada menos que en el medio, la mitad de los votantes odió mi relato, la otra mitad lo amó... En fin, que durante años busqué ese libro. Y cuando digo años me refiero como a veinte años. Por un momento hasta se me olvidó el título, y creyendo que lo había encontrado, compré uno de relatos cortos en la FIL de Guadalajara en el 2009. Hace como un año lo volví a encontrar -el libro-, gracias al internet y los conocidos de Twitter. Tengo la versión digital y el capítulo 7 me sigue impresionando y maravillando como cuando tenía veinte años y no sabía absolutamente nada de la vida.
Y bueno, este es mi homenaje al querido Galeano.
7. El regreso
Calle abajo se ve el mar y parece que los barcos navegaran sobre los tejados. Las gaviotas rozan el agua, le arrancan chasquidos, recobran vuelo con las alas abiertas. Las hélices de un barco van removiendo, a ritmo parejo, el agua de barro; las olas golpetean lentamente contra la quilla. Ya se han disuelto en el aire nuevo de la mañana los jirones de niebla que al amanecer ondulaban, como colas de caballo, entre los mástiles. Detrás del edificio de la aduana, un bichicome recoge un tizón de leña que ha usado para calentar el agua del mate. Alza el tizón y dibuja, en el muro, un garabato alegre.
Calle arriba, está casi vacío el café de la cortada. La luz del día choca contra los vidrios de la puerta y se rompe en múltiples haces dorados. Dentro de los chorros de luz deambulan, flotando, haraganes, el polvo y el humo.
Con la vista clavada en el fondo del pocillo vacío, Mariano está queriendo y no pudiendo descifrar los enigmas de la borra del café. Después piensa en otra cosa y con la cucharita raspa la borra, dibuja el óvalo de una cara, hace tintinear la loza; después alza la mirada; después la ve llegar, entrar, venir: le ve los ojos oblicuos, que cambian de color según la luz o el ánimo y se encienden al descubrirlo allí sentado, en la mesa del fondo, esperándola, y la lluvia negra del pelo que ahora ella lleva suelto. La ve deslizarse como un barquito, caminando, navegando, entre las mesas y los espejos.
Clara se para frente a Mariano y dice: “Hola”. Ella quisiera que fuera posible hacer de cuenta que no ha pasado el tiempo ni ha pasado nada. Se sienta al revés, abrazada al respaldo de la silla, el mentón sobre el respaldo, y a Mariano se le alborota el pecho, Mariano piensa: es una suerte que ella siga estando.
Clara se muerde el pulgar. Al cabo de un buen rato, dice:
—Así que volviste.

Y dice:
—Es peligroso.

Mariano alza los hombros: —Pasó mucho tiempo.

—No tanto. No tanto tiempo.
—Bastante.
—Cualquiera te...

Y dice:
—¿Te creés muy cambiado? Estás cómico, con esos bigotes. ¡Y rubio! Te reconocí en seguida.
Éste es un lugar tranquilo. Él espera las palabras, las envuelve, las conduce. Mariano está sentado de espaldas contra la pared y se siente por fin capaz de respirar sin jadeos. Al otro lado de las cortinas amarillas de las ventanas, hay manchas que atraviesan el aire fresco y luminoso de la mañana de otoño.
En otra mesa, lejos, un viejito escarba el diario con los lentes. En el mostrador, un hombre bebe de espaldas y conversa, susurrando, con su vasito de caña: tiene una pierna encogida, como un tero. El lustrabotas duerme en un rincón.
Mariano pide dos vasos de vino blanco bien seco y frío. Clara bebe de a sorbitos, se relame los labios, dice:
—¿Te acordás? Me habías pedido que te leyera la suerte.
No cruzarse de brazos ni de piernas, cortar en tres con la mano izquierda. El caballito de copas. Mariano llevaba un gorro de plumas, gola, capa:
—Cinco de copas, situación peligrosa. Siete de oros, sorpresa. Cinco de bastos, disgusto. Nunca más te iba a ver. Era raro pensar que nunca. Las manos se buscan y se aprietan. Las barajas se equivocan. Como nosotros. Como todos los bichos vivos.
Mariano dice:
—Un buen día descubrís con cuánta facilidad te pueden borrar. Te queman las cartas, los libros, las cosas tuyas. Te matan o te encierran o te obligan a irte. Un buen día te das vuelta y descubrís que ya no queda ninguna huella. Como si no hubieras existido nunca. Ahora, tengo nombre de otro.
El sol va enrollando las sombras y se las lleva. El lugar huele a madera húmeda y a café recién molido. Cuando llegue la noche, el olor a tabaco predominará.
—¿Por eso volviste? ¿Por eso me querías ver?
—Y vos, ¿no querías?
El le mira el rostro, multiplicado por los espejos de los lambrises de madera. Parpadea y Clara está desnuda bajo el sobretodo de él, que le queda como una carpa, y lleva los zapatos de él, desabrochados, y camina por la casa, camina como Chaplin, y está bellísima.
Mariano sacude la cabeza:
—Hoy anduve toda la mañana buscando el café del griego. Pensé que se había mudado, que...
—Yo volví, algunas veces.
—¿Sola?

—¿Cómo?

—Pregunto si volviste sola. Ella le pellizca el muslo y él pega un respingo.
—Claro que sola, bobo. Al mediodía, como antes. Volví aunque me daba miedo. Después, necesité ir y el café ya no estaba.
Clara vuelve el rostro. Arriba de los revestimientos de madera se retuercen unas molduras de yeso; más arriba hay un afiche de corridas de toros, descuajeringado y sucio de moscas. De golpe, Clara dice:
—No entiendo por qué volviste.
Y retira la mano. La mano de Mariano queda sola sobre la mesa, con la palma vuelta hacia arriba. Tiene la línea de la vida larga pero muy tajeada.

—No entiendo. Me habías dicho: “No nos vamos a ver más. Somos libres”. Yo me quedé muda mirándote la espalda y te perdiste en la esquina de la estación. ¿Qué esperabas? ¿Que te corriera atrás? ¿Que te llamara a gritos? ¿Para qué quería yo esa libertad que me regalabas? ¿Para qué la quería?
(Mariano escuchaba los ecos de sus propios pasos y llevaba la cabeza vacía por dolorosa victoria de la voluntad, pero al llegar a la estación del ferrocarril se le metió por los oídos el estrépito de la máquina aproximándose y entonces supo que desde ahora le harían falta los navegantes misteriosos que tan a menudo se perdían, por puro gusto, en los desfiladeros de niebla de la memoria o la imaginación de esta muchacha. Trepó por los peldaños de fierro y supo que ella sería, desde ahora, una nuca entrevista en la muchedumbre o un perfil que se escapa, una voz adivinada entre otras voces. Que él se daría vuelta bruscamente y echaría a correr y tomaría a una mujer por el brazo: que se equivocaría siempre. Entró al vagón de pasajeros y se sentó en uno de los viejos asientos de paja de la época de los ingleses y supo que ella persistiría: escuchó el traqueteo de las ruedas sobre los rieles y supo que ella persistiría, persistirá: en verano, en los túneles de hojas, convertida en un sanantonio que te camina por el brazo, o en las noches de julio, llenando una silla vacía en la complicidad humosa de los cafés. Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca, nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca, nada”. Y no volvió.)
—Clara.

—Sí.

—Yo.
Clara dibuja espirales de ceniza sobre la mesa de madera. A Mariano, la boca le niega saliva.
—Yo te extrañé mucho, ¿sabés? —dice Clara—. Y te odié mucho, o quise odiarte mucho, para que no me lastimaras. Quise verte cuando estabas preso, pero no había manera, y yo no tenía a quién preguntar. Y después... Después, me sentía como una bala perdida. Me despertaba llorando. No me gusta llorar. Cuando era chica, leía un libro para varones y había dos páginas que me hacían llorar. Cada vez que leía esas dos páginas, lloraba. Entonces las pegué, con goma. A mí no me gusta llorar.
Mariano se atraganta, carraspea,
dice:
—Te mandé un mensaje. Dos.
Un par de señales de humo. Te llamé. —Mucho después —dice Clara.
—Sí.

—Mucho después y desde lejos.
—No me contestaste nunca — dice Mariano.

Clara se ríe, sin alegría.
Enciende un cigarrillo. No le siente ningún gusto, aunque no está resfriada.
—Siempre decidís todo por tu cuenta, ¿no? —dice.
Y dice:
—Yo sabía que iba a pasar el tiempo y nos íbamos a olvidar bastante o del todo.
Por un segundo, Mariano siente la tentación de contestar algo que sea brutal y definitivo, como para ayudar al jodido destino a cumplirse, pero se saca los anteojos, mordisquea la patilla y dice:
—No recurrí a vos. Renuncié a vos. Como en las novelas cursis del siglo pasado, ¿no? El enfermo sin salvación viene de ver al médico y dice a la mujer que quiere: ‘Ya no te quiero”.
Una arañita, minúscula, camina sobre la mesa; trepa a la mano de Clara, le tiende un puente de hilo entre los dedos. Clara busca los ojos de Mariano:
—Me habías dicho cosas horribles. Antes.
—No.
—Me habías acusado de necesitarte.
—No. No.

—Me habías dicho que...
Ella echa una bocanada, persigue una mosca con el humo. —Tendrás mucho para contar — dice.

—Y vos.
—¿Yo? No mucho.
—Supongo que te habrán pasado cosas —dice, explora, pregunta Mariano—. En todo este tiempo...
—Me aguanté —contesta, elude, se encierra Clara—. No me morí en tu ausencia. Para mí era fácil, ¿no? ¿Te acordás? Me decías que yo tenía piel de tela impermeable y que todo me resbalaba y... Yo me quedé aquí. Me quedé. Un país en demolición. Esperando. Que se me cayera encima y me aplastara.
Clara escucha su propia voz resonándole bien adentro:
“No vas a llorar, Clara”, su propia voz: “No vas a llorar, no”, alzándola y aguantándola para que no tropiece y se caiga. Por los ojos no le sale nada. Por la boca tampoco. Aunque quizás le haría bien decir: “No me gusta estar sola. No estuve sola. No me gusta sufrir. Te borré. No te necesito”.
Mariano clava la vista en los tablones del piso de madera, en la mugre de varios días con sus noches, las manchas de alcohol o de café, los puchos apagados contra el polvo grasiento.
—Yo no quiero que nadie me espere —dice—. No quería.
—Para no sentirte obligado a esperar a nadie —dice Clara—. Por eso.
—Puede ser. No sé. Puede ser —dice Mariano, y dice—: No importa.
Las palmas de las manos de Clara forman un cáliz que le sostiene y le aprieta los músculos de la cara. Esta cara que parecía no cambiada. Si se pudiera, piensa Mariano, ser más fuerte que la pena y el olvido. No quiero empezar otra vez con aquellas guerrillas inútiles: me dijiste, te dije, no fue eso, sí fue, quise decir, no quise, sí quisiste, no. No quiero haberte lastimado nunca. No quiero defenderme. Si se pudiera decirte que en la prisión vos eras la única libertad que ellos no podían arrancarme. Si se pudiera verte todavía la alegría sacándote chispitas por los poros de la piel. ¿Sabés? Si se pudiera. Fue un asesinato. Ya sé. O no. El amor era un dios primitivo: me exigía sacrificios: se había muerto de hambre.

—Seguís sin decirme.

—¿Qué?

—Por qué volviste.
Mariano mira al techo. Decirte: me sentía ladrón. Decirte: estaba usando una libertad que no era mía. Y además, ¿por qué vuelve el animal salvaje a beber del agua de la cañada? Pero no dice nada.
—¿Querés que te lo diga yo?
—No. No me hagas preguntas. No me gusta que me hagan preguntas. —Ya sé. Te sentís como si te estuvieran mandando. Yo debería saberlo. Todavía vivís defendiéndote. Como antes. Antes, también eso me gustaba. Pero yo cambié, Mariano. Yo cambié.
Mariano quisiera besarla o quisiera romperle la cara. En cambio, le dice: “Perdoná”. Aprieta el vaso entre los dedos. La mira mirarse las uñas comidas; la mira mirarlo como si él fuera transparente y también quisiera que no hubiera pasado el tiempo y que no hubiera pasado nada. ¿Hasta qué edad se puede creer que la noche es una diosa peleadora y no el resultado de la rotación de la tierra? Enciende un cigarrillo: confirma que sigue mal del pulso. Pide más vino. Podría decir que ha vuelto para hacer algo por su pobre Tierra y por lo que le merece ser salvado; y eso sería verdad. Pero sería solamente una parte chiquita de la verdad.
—Uno decía: “Brindemos por la próxima vez”, y en el fondo sabía o temía: “No habrá ninguna próxima vez”. ¿Qué somos, Clara? ¿Fantasmas borrachos que andan por ahí? ¿Qué somos todos nosotros? ¿Qué mierda somos? ¿Por qué se arruina siempre todo? ¿No podemos hacer nada que dure?
Mariano siente que muy del fondo le brota la necesidad de hablar, de contarle. La prisión. La importancia universal de una frazada y una manzana. La memoria de tu cara. En el espacio breve de tu cara cabía toda mi libertad y sobraba sitio. Contarle: “Pero las caras se sueltan y se van. Una noche le pedís una cara a la memoria y la memoria no segrega nada. La muerte es eso. No poder recordar. Eso”. Contarle: “Me colgaron de una cruz de madera, con las piernas abiertas hasta rajarse”. Contarle: “Alguien había escrito en la pared de la celda: Afuera siempre creyeron en vos”.
Hablarle, contarle, decirle: quedar vacío. Pero sonaría a súplica o chantaje.
—¿Por qué se joden siempre las cosas? ¿En qué momento se joden para siempre?
Clara lo mira, mordiéndose los nudillos. De pronto hace chasquear los dedos y abre el bolso, como apurada, y saca una libreta de tapas negras. Mariano parpadea: es su rotosa libreta de teléfonos y direcciones. La acaricia con la mano. Las tapas correosas, cuarteadas. Con el pulgar, hace correr las páginas. De la A ala Z. La orejea; la abre. La cierra.
—Así que se salvó.
—Varias cosas se salvaron. Está muy deshecha. Tendrías que pasarla en limpio. Yo no me animé a tocarla.
—Yo tampoco me animo. Me da miedo.
Y piensa, y los discos, y los libros, ¿qué se habrán hecho? Una queja de saxos, una garúa de guitarras, una huella digital impresa en una página, los amuletos regalados por las mujeres que amé y los hombres que fueron mis hermanos: una cápsula de una bala calibre 22, una piedrita transparente para apretar entre dos dedos y alejar la desgracia, un caracol de colores, un caballito de mar: sí, yo te había dicho: no importa perder las cosas, las cosas no significan nada. Pero ahora me pregunto: aquellas cosas que yo quería, ¿qué se habrán hecho?
Esta libreta. Esta libreta:
—Está toda llena de muertos, Clara, y de gente que se ha ido. Te podría decir: los conocí, por lo tanto no están muertos; los conocí, por lo tanto no están lejos. Sería una puta mentira.
Tienen sed. Piden más vino blanco, y luego más. Cada uno siente las rodillas del otro bajo la mesa; las piernas se mueven, se extienden, se entrelazan. Ahora fuman del mismo cigarrillo. Ahora no están tan lejos del otro tiempo, cuando dormían abrazados y nada iba a poder destruirlos y esa insensatez era mejor que la memoria y que los días siguientes y se despertaban y se encontraban los ojos y pensaban: pobrecito Dios, que no puede nunca estar así, por el trabajo que tiene.
Clara echa la cabeza hacia atrás. Él le mira el arco del largo cuello flexible y sin collares, el borde de la blusa: bajo esa tela azul, en las hendiduras que conducen a los hombros, hay algunas pecas. Era lindo recorrerlas y demorarse. Clara juega con un mechón de pelo, se lo pone de bigote, lo mordisquea. Ella había sido payasa, de muy chica: andaba siempre vestida con la ropa de los hermanos mayores, con un sombrero muy aludo en la cabeza, y andaba descalza, y siempre se le rompía el dedo gordo del pie en los saltos mortales.
Clara dice:
—Mariano.

Y dice:
—Acariciame la cara. Eso. Así. Mariano siente entibiarse la piel contra la palma de su mano abierta y ella inclina la cabeza y le roza el dorso de la mano con los labios. Ella dice:
—Quería que volvieras. Sí quería. Quería, Pirata.
Después se levantan, después salen. Mariano renguea de una pierna. La espalda de ella siente frío y él le sube el cierre de la blusa.