domingo, 20 de agosto de 2017

Las promesas que nunca cumplimos





















Hace veinte días me prometí escribir una entrada diaria en este blog. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Por qué nos seguimos escudando tras todas esa promesas que no llegamos a cumplir?

¿Tres hijos, un esposo, un emprendimiento, cuatro mascotas y seis clases de noventa minutos a la semana serán suficiente excusa?

Vamos dejando todo para después, porque es más fácil perderse en el tiempo, dejarse atrapar por la comodidad cotidiana, por la espumante cervezas de los viernes por la noche, por el cómplice guiño de la serie o la película de Netflix; por todo lo que creímos que podría ser, pero nunca fue.

¿En dónde quedan todas esas promesas de levantarte temprano, de hacer ejercicio, de comer bien, de dejar de fumar? Esa promesa de convertirte en la persona que querés ser, la que querés dejar atrás desde hace más de cuatro años, la persona fuerte, la que es un ejemplo para sus hijos y la humanidad.

No es fácil ser un ser humano.

¿O sí?

Déjenme sus consejos y coordenadas. Necesito cumplir muchas promesas.

lunes, 31 de julio de 2017

El poder de las palabras













“Imaginad por un instante a la primera persona que habló. Tuvo que ser alguien, siempre hay una primera vez. Resulta evidente que antes del lenguaje verbal ya había comunicación: gestos, rugidos, actitudes. Pero muy poco a poco un sonido, un gruñido primario, acabó por asociarse a un significado concreto. Ese sonido se le quedó pegado a algo: a un objeto, a un animal.”
Así dio inicio la lección número uno del Taller de Fuentetaja en el que pude participar hace algunos años: El Amor Por Las Palabras, impartido por Antonio Romar. Y hablar del origen de estas, cuando les tenemos un gran cariño, es casi mágico, casi un descubrimiento, una realidad que había estado allí, esperando a ser descubierta.
El origen de las palabras es simple, como se menciona allá arriba; las palabras nacen cada vez que existe la necesidad de nombrar algo, una cosa, un sentimiento, una emoción, un animal… ¿Pero cómo nace la primera palabra, quién la dijo, cuál fue la necesidad que la hizo ser nombrada?
“En ese milagroso instante en que, señalando quizá un peligro, un animal salvaje que los acechaba (o puede que mirando a la luna en un repentino acceso a la belleza) un sonido quedó ligado a un referente exterior, la humanidad rompió a llorar recién parida. Imaginad el pánico. Aquella persona debió de sentir un miedo atroz, una gigantesca soledad. Porque hasta entonces había vivido con la naturaleza y esa noche empezó a vivir en la naturaleza. Porque nombrar algo es también señalarlo con el dedo y para hacer tal cosa es necesaria una condición sustancial. Para señalar con el dedo hay que ser consciente de que lo señalado no es yo. Me explico: es necesaria la consciencia.”
Así de sencillo, la palabras nacen en el momento en que comenzamos a ser conscientes de nosotros mismos. Así como un bebé, así como comienza a darse cuenta de que él es un ser separado de su mamá y de todo lo que le rodea, así mismo, así como comienza a decir sus primeras palabras. Y ese es el primer poder del lenguaje: la creación. Crear palabras para nombrar las cosas.
Y eso nos lleva al segundo poder del lenguaje: nombrar algo es poseerlo, es hacerlo nuestros. Por eso en algunas religiones no se pronuncia el nombre de Dios, es una blasfemia.
“Al invocar algo lo traemos al mundo porque poseemos su nombre. Tan claro se tiene esto en algunas religiones que evitaban que el nombre de dios se pronunciara, es más, incluso que se conociera. Además de dar pie a varios relatos de Jorge Luis Borges, el tetragrammaton (literalmente: cuatro letras), que transcritas a nuestra grafía serían ‘Y H W H’, se preñó de vocales y es el origen de nombres como YaHWeH o YeHoWaH, que son también eufemismos para evitar nombrar lo innombrable, pues hacerlo sería como tratar de apropiarse de dios. ¿Y qué blasfemia mayor que tratar de poseerlo, encerrar en una palabra algo infinito?”
Y luego de estos dos poderes del lenguaje, llega el tercero, el más funcional, el que ha ocultado a los otros dos:la comunicación. Y que es realmente para lo que ocupamos el lenguaje, las queridas palabras, a diario. Y lo digo, lo repito: no hay nada más rico (me refiero a riqueza, no a sabor u otras connotaciones que se ha dado al uso de la palabra) que conocer las palabras, poder tomarlas, juntarlas y hacer que en una cadena sin fin puedan decir -comunicar- lo que queremos.
Para conocer el origen e historia de muchas palabras hay un libro muy bueno de Ricardo Soca que se llama La Fascinante Historia de las Palabras, editorial Rey Naranjo.

domingo, 30 de julio de 2017

Volver































Tengo varios meses de no escribir. Eso me preocupa, como tantas otras cosas. Como miles de cosas todos los días. Como despertarme a media noche y pensar que la hija se fue a escalar el volcán de Santa Ana sin bloqueador, o hasta qué punto tenés que seguir preguntando a un cliente si se va a decidir por la propuesta, o si finalmente el hijo recién graduado va a recibir una beca.

Tengo varios meses de no escribir y lo recordaba esta tarde, mientras miraba en Netflix Words And Pictures y con un poco de entusiasmo en el corazón me sentí identificada con el personaje y me emocionaba al pensar en cómo cobro vida en mi clase de Redacción II mientras hablamos de la importancia de las palabras y hacemos un análisis acucioso de uno de los relatos de Jorge Luis Borges.

Mientras pensaba y recordaba cuando les digo a mis alumnos que escribir, como todas las competencias, necesita mucha práctica...

Y, entonces, heme aquí, retomando esto nuevamente, con música de Phillip Glass de fondo, porque sí, su música es para escribir, para volver a una de las cosas que le da más sentido a tu vida, y por qué no, terminar o publicar ese relato de despedida que le debés a la amiga desde hace más de seis meses.

Esta publicación sería entonces como un welcome back, o un recordatorio de que no se debe ir dejando las pasiones para después, para cuando tengás tiempo.

Mi tiempo es y será de las palabras.