lunes, 31 de julio de 2017

El poder de las palabras













“Imaginad por un instante a la primera persona que habló. Tuvo que ser alguien, siempre hay una primera vez. Resulta evidente que antes del lenguaje verbal ya había comunicación: gestos, rugidos, actitudes. Pero muy poco a poco un sonido, un gruñido primario, acabó por asociarse a un significado concreto. Ese sonido se le quedó pegado a algo: a un objeto, a un animal.”
Así dio inicio la lección número uno del Taller de Fuentetaja en el que pude participar hace algunos años: El Amor Por Las Palabras, impartido por Antonio Romar. Y hablar del origen de estas, cuando les tenemos un gran cariño, es casi mágico, casi un descubrimiento, una realidad que había estado allí, esperando a ser descubierta.
El origen de las palabras es simple, como se menciona allá arriba; las palabras nacen cada vez que existe la necesidad de nombrar algo, una cosa, un sentimiento, una emoción, un animal… ¿Pero cómo nace la primera palabra, quién la dijo, cuál fue la necesidad que la hizo ser nombrada?
“En ese milagroso instante en que, señalando quizá un peligro, un animal salvaje que los acechaba (o puede que mirando a la luna en un repentino acceso a la belleza) un sonido quedó ligado a un referente exterior, la humanidad rompió a llorar recién parida. Imaginad el pánico. Aquella persona debió de sentir un miedo atroz, una gigantesca soledad. Porque hasta entonces había vivido con la naturaleza y esa noche empezó a vivir en la naturaleza. Porque nombrar algo es también señalarlo con el dedo y para hacer tal cosa es necesaria una condición sustancial. Para señalar con el dedo hay que ser consciente de que lo señalado no es yo. Me explico: es necesaria la consciencia.”
Así de sencillo, la palabras nacen en el momento en que comenzamos a ser conscientes de nosotros mismos. Así como un bebé, así como comienza a darse cuenta de que él es un ser separado de su mamá y de todo lo que le rodea, así mismo, así como comienza a decir sus primeras palabras. Y ese es el primer poder del lenguaje: la creación. Crear palabras para nombrar las cosas.
Y eso nos lleva al segundo poder del lenguaje: nombrar algo es poseerlo, es hacerlo nuestros. Por eso en algunas religiones no se pronuncia el nombre de Dios, es una blasfemia.
“Al invocar algo lo traemos al mundo porque poseemos su nombre. Tan claro se tiene esto en algunas religiones que evitaban que el nombre de dios se pronunciara, es más, incluso que se conociera. Además de dar pie a varios relatos de Jorge Luis Borges, el tetragrammaton (literalmente: cuatro letras), que transcritas a nuestra grafía serían ‘Y H W H’, se preñó de vocales y es el origen de nombres como YaHWeH o YeHoWaH, que son también eufemismos para evitar nombrar lo innombrable, pues hacerlo sería como tratar de apropiarse de dios. ¿Y qué blasfemia mayor que tratar de poseerlo, encerrar en una palabra algo infinito?”
Y luego de estos dos poderes del lenguaje, llega el tercero, el más funcional, el que ha ocultado a los otros dos:la comunicación. Y que es realmente para lo que ocupamos el lenguaje, las queridas palabras, a diario. Y lo digo, lo repito: no hay nada más rico (me refiero a riqueza, no a sabor u otras connotaciones que se ha dado al uso de la palabra) que conocer las palabras, poder tomarlas, juntarlas y hacer que en una cadena sin fin puedan decir -comunicar- lo que queremos.
Para conocer el origen e historia de muchas palabras hay un libro muy bueno de Ricardo Soca que se llama La Fascinante Historia de las Palabras, editorial Rey Naranjo.

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