lunes, 20 de febrero de 2012

Enamorarse y desenamorarse

Cuando tenía 22 años me enamoré con un amor de esos inexplicables de un chero que por entonces era el más guapo, inteligente y carismático ser que pudiese caminar sobre la faz de la tierra. Yo lo esperaba todas las noches como enamorada victoriana y si no se aparecía le escribía versos o pintaba sus iniciales con pintura de spray en mis camisetas -sí, con spray rojo y negro para carros-, y hacía plantillas de corazones y toda mi creatividad y mi amor se veían reflejados en mi ropa con manchas muy al estilo "pollocksiano".


Ah... El amor puede ser ridículo de verdad. 

El punto es que, para mi fortuna y la desgracia de la venta de pinturas, después de un año de versos, camisetas manchadas, encuentros furtivos -Ah, porque para añadirle mayor dramatismo a la historia, el chero no era del gusto de mi familia-,  madrugadas y amaneceres de pláticas interminables, largas noches leyendo a Fromm, y más largas tardes oyendo a la sicóloga moralista que me dejó más neurótica que al principio; el cuento cambió de personaje principal. 
Resulta que hace días me encontré al guapointeligentecarismáticoser que ya no es tan guapo ni inteligente ni carismático y me descubrí platicando con él sin interés, distraída y preguntándome qué pudo ser lo que me movió en su momento a idolatrar a ese hombre y no querer vivir más que su vida. Cómo puede ser así eso de enamorarse.

Y desenamorarse. Y tantos años después, encontrarse con alguien por quien no darías nada.

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