miércoles, 23 de enero de 2013

No sos vos, soy yo.

Todo empezó por fijación extrema al recuerdo de los olores felices de la infancia. Un poco a la ceremonia esa de despertar y sentir, saberse seguro dentro del abrazo cálido de una casa. Saber que allí estaba el papá en alguna parte, adivinarlo solo por los olores del desayuno que invadían todo el espacio. Así empezó todo, supongo, entiendo.

Te conocí a los veinte años, o más. Sin adivinar, sin imaginar que me ibas a arrastrar apasionada y queriéndote más cada día de mi vida. Te conocí despacio, sin saber de todas las mañanas y las ceremonias que iba a inventar para mí misma, para aferrarme a esos recuerdos felices y saberme segura dentro del abrazo cálido de otra casa, de otra historia, de otra necesidad imperativa de pertenecer a alguna parte. Y entonces, cada abrir los ojos y saberte allí tan cerca, siempre a la mano para validar el rito, para perpetuar el recuerdo de otros despertares, tal vez felices.

No sé qué pasó que nos complementamos tanto. No sé qué caminos me llevaron a no poder estar sin vos, sin tu olor, sin tu calor, sin tu implacable compañía haciéndome daño en silencio, poco a poco, como todos esos amores enfermos e inevitables.

Has quebrantado una parte de mí, eso es obvio, no necesito otro doctor que lo confirme. En este momento te amo y te odio tanto como cabe en cada una de esas palabras. Tengo que dejarte. Y quiero que quede claro que no es por vos. Soy yo, el lamentable y patético ser débil que no solía ser. Tal vez en algún momento de nuestras vidas podamos volver a juntarnos en una mesa, mientras el sol entra calientito por alguna ventana.

Mientras tanto, esto es todo.

No creo poder volver a decir que el café es una de las cosas que más me gustan en la vida.

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