lunes, 13 de abril de 2015

La Canción de Nosotros.

El querido Galeano fue descubierto en la biblioteca de la UCA en algún momento de mis primeros años de estudios de Derecho. Nunca me gustaron sus ensayos, ni sus Venas Abiertas, ni sus relatos de fútbol. A mí siempre me gustó su Canción de Nosotros. El capítulo 7 lo ocupé para "quotear" un "relatito" que escribí cuando tenía veinte años, con el cual años después participé en un concurso y quedé nada más ni nada menos que en el medio, la mitad de los votantes odió mi relato, la otra mitad lo amó... En fin, que durante años busqué ese libro. Y cuando digo años me refiero como a veinte años. Por un momento hasta se me olvidó el título, y creyendo que lo había encontrado, compré uno de relatos cortos en la FIL de Guadalajara en el 2009. Hace como un año lo volví a encontrar -el libro-, gracias al internet y los conocidos de Twitter. Tengo la versión digital y el capítulo 7 me sigue impresionando y maravillando como cuando tenía veinte años y no sabía absolutamente nada de la vida.
Y bueno, este es mi homenaje al querido Galeano.
7. El regreso
Calle abajo se ve el mar y parece que los barcos navegaran sobre los tejados. Las gaviotas rozan el agua, le arrancan chasquidos, recobran vuelo con las alas abiertas. Las hélices de un barco van removiendo, a ritmo parejo, el agua de barro; las olas golpetean lentamente contra la quilla. Ya se han disuelto en el aire nuevo de la mañana los jirones de niebla que al amanecer ondulaban, como colas de caballo, entre los mástiles. Detrás del edificio de la aduana, un bichicome recoge un tizón de leña que ha usado para calentar el agua del mate. Alza el tizón y dibuja, en el muro, un garabato alegre.
Calle arriba, está casi vacío el café de la cortada. La luz del día choca contra los vidrios de la puerta y se rompe en múltiples haces dorados. Dentro de los chorros de luz deambulan, flotando, haraganes, el polvo y el humo.
Con la vista clavada en el fondo del pocillo vacío, Mariano está queriendo y no pudiendo descifrar los enigmas de la borra del café. Después piensa en otra cosa y con la cucharita raspa la borra, dibuja el óvalo de una cara, hace tintinear la loza; después alza la mirada; después la ve llegar, entrar, venir: le ve los ojos oblicuos, que cambian de color según la luz o el ánimo y se encienden al descubrirlo allí sentado, en la mesa del fondo, esperándola, y la lluvia negra del pelo que ahora ella lleva suelto. La ve deslizarse como un barquito, caminando, navegando, entre las mesas y los espejos.
Clara se para frente a Mariano y dice: “Hola”. Ella quisiera que fuera posible hacer de cuenta que no ha pasado el tiempo ni ha pasado nada. Se sienta al revés, abrazada al respaldo de la silla, el mentón sobre el respaldo, y a Mariano se le alborota el pecho, Mariano piensa: es una suerte que ella siga estando.
Clara se muerde el pulgar. Al cabo de un buen rato, dice:
—Así que volviste.

Y dice:
—Es peligroso.

Mariano alza los hombros: —Pasó mucho tiempo.

—No tanto. No tanto tiempo.
—Bastante.
—Cualquiera te...

Y dice:
—¿Te creés muy cambiado? Estás cómico, con esos bigotes. ¡Y rubio! Te reconocí en seguida.
Éste es un lugar tranquilo. Él espera las palabras, las envuelve, las conduce. Mariano está sentado de espaldas contra la pared y se siente por fin capaz de respirar sin jadeos. Al otro lado de las cortinas amarillas de las ventanas, hay manchas que atraviesan el aire fresco y luminoso de la mañana de otoño.
En otra mesa, lejos, un viejito escarba el diario con los lentes. En el mostrador, un hombre bebe de espaldas y conversa, susurrando, con su vasito de caña: tiene una pierna encogida, como un tero. El lustrabotas duerme en un rincón.
Mariano pide dos vasos de vino blanco bien seco y frío. Clara bebe de a sorbitos, se relame los labios, dice:
—¿Te acordás? Me habías pedido que te leyera la suerte.
No cruzarse de brazos ni de piernas, cortar en tres con la mano izquierda. El caballito de copas. Mariano llevaba un gorro de plumas, gola, capa:
—Cinco de copas, situación peligrosa. Siete de oros, sorpresa. Cinco de bastos, disgusto. Nunca más te iba a ver. Era raro pensar que nunca. Las manos se buscan y se aprietan. Las barajas se equivocan. Como nosotros. Como todos los bichos vivos.
Mariano dice:
—Un buen día descubrís con cuánta facilidad te pueden borrar. Te queman las cartas, los libros, las cosas tuyas. Te matan o te encierran o te obligan a irte. Un buen día te das vuelta y descubrís que ya no queda ninguna huella. Como si no hubieras existido nunca. Ahora, tengo nombre de otro.
El sol va enrollando las sombras y se las lleva. El lugar huele a madera húmeda y a café recién molido. Cuando llegue la noche, el olor a tabaco predominará.
—¿Por eso volviste? ¿Por eso me querías ver?
—Y vos, ¿no querías?
El le mira el rostro, multiplicado por los espejos de los lambrises de madera. Parpadea y Clara está desnuda bajo el sobretodo de él, que le queda como una carpa, y lleva los zapatos de él, desabrochados, y camina por la casa, camina como Chaplin, y está bellísima.
Mariano sacude la cabeza:
—Hoy anduve toda la mañana buscando el café del griego. Pensé que se había mudado, que...
—Yo volví, algunas veces.
—¿Sola?

—¿Cómo?

—Pregunto si volviste sola. Ella le pellizca el muslo y él pega un respingo.
—Claro que sola, bobo. Al mediodía, como antes. Volví aunque me daba miedo. Después, necesité ir y el café ya no estaba.
Clara vuelve el rostro. Arriba de los revestimientos de madera se retuercen unas molduras de yeso; más arriba hay un afiche de corridas de toros, descuajeringado y sucio de moscas. De golpe, Clara dice:
—No entiendo por qué volviste.
Y retira la mano. La mano de Mariano queda sola sobre la mesa, con la palma vuelta hacia arriba. Tiene la línea de la vida larga pero muy tajeada.

—No entiendo. Me habías dicho: “No nos vamos a ver más. Somos libres”. Yo me quedé muda mirándote la espalda y te perdiste en la esquina de la estación. ¿Qué esperabas? ¿Que te corriera atrás? ¿Que te llamara a gritos? ¿Para qué quería yo esa libertad que me regalabas? ¿Para qué la quería?
(Mariano escuchaba los ecos de sus propios pasos y llevaba la cabeza vacía por dolorosa victoria de la voluntad, pero al llegar a la estación del ferrocarril se le metió por los oídos el estrépito de la máquina aproximándose y entonces supo que desde ahora le harían falta los navegantes misteriosos que tan a menudo se perdían, por puro gusto, en los desfiladeros de niebla de la memoria o la imaginación de esta muchacha. Trepó por los peldaños de fierro y supo que ella sería, desde ahora, una nuca entrevista en la muchedumbre o un perfil que se escapa, una voz adivinada entre otras voces. Que él se daría vuelta bruscamente y echaría a correr y tomaría a una mujer por el brazo: que se equivocaría siempre. Entró al vagón de pasajeros y se sentó en uno de los viejos asientos de paja de la época de los ingleses y supo que ella persistiría: escuchó el traqueteo de las ruedas sobre los rieles y supo que ella persistiría, persistirá: en verano, en los túneles de hojas, convertida en un sanantonio que te camina por el brazo, o en las noches de julio, llenando una silla vacía en la complicidad humosa de los cafés. Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca, nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca, nada”. Y no volvió.)
—Clara.

—Sí.

—Yo.
Clara dibuja espirales de ceniza sobre la mesa de madera. A Mariano, la boca le niega saliva.
—Yo te extrañé mucho, ¿sabés? —dice Clara—. Y te odié mucho, o quise odiarte mucho, para que no me lastimaras. Quise verte cuando estabas preso, pero no había manera, y yo no tenía a quién preguntar. Y después... Después, me sentía como una bala perdida. Me despertaba llorando. No me gusta llorar. Cuando era chica, leía un libro para varones y había dos páginas que me hacían llorar. Cada vez que leía esas dos páginas, lloraba. Entonces las pegué, con goma. A mí no me gusta llorar.
Mariano se atraganta, carraspea,
dice:
—Te mandé un mensaje. Dos.
Un par de señales de humo. Te llamé. —Mucho después —dice Clara.
—Sí.

—Mucho después y desde lejos.
—No me contestaste nunca — dice Mariano.

Clara se ríe, sin alegría.
Enciende un cigarrillo. No le siente ningún gusto, aunque no está resfriada.
—Siempre decidís todo por tu cuenta, ¿no? —dice.
Y dice:
—Yo sabía que iba a pasar el tiempo y nos íbamos a olvidar bastante o del todo.
Por un segundo, Mariano siente la tentación de contestar algo que sea brutal y definitivo, como para ayudar al jodido destino a cumplirse, pero se saca los anteojos, mordisquea la patilla y dice:
—No recurrí a vos. Renuncié a vos. Como en las novelas cursis del siglo pasado, ¿no? El enfermo sin salvación viene de ver al médico y dice a la mujer que quiere: ‘Ya no te quiero”.
Una arañita, minúscula, camina sobre la mesa; trepa a la mano de Clara, le tiende un puente de hilo entre los dedos. Clara busca los ojos de Mariano:
—Me habías dicho cosas horribles. Antes.
—No.
—Me habías acusado de necesitarte.
—No. No.

—Me habías dicho que...
Ella echa una bocanada, persigue una mosca con el humo. —Tendrás mucho para contar — dice.

—Y vos.
—¿Yo? No mucho.
—Supongo que te habrán pasado cosas —dice, explora, pregunta Mariano—. En todo este tiempo...
—Me aguanté —contesta, elude, se encierra Clara—. No me morí en tu ausencia. Para mí era fácil, ¿no? ¿Te acordás? Me decías que yo tenía piel de tela impermeable y que todo me resbalaba y... Yo me quedé aquí. Me quedé. Un país en demolición. Esperando. Que se me cayera encima y me aplastara.
Clara escucha su propia voz resonándole bien adentro:
“No vas a llorar, Clara”, su propia voz: “No vas a llorar, no”, alzándola y aguantándola para que no tropiece y se caiga. Por los ojos no le sale nada. Por la boca tampoco. Aunque quizás le haría bien decir: “No me gusta estar sola. No estuve sola. No me gusta sufrir. Te borré. No te necesito”.
Mariano clava la vista en los tablones del piso de madera, en la mugre de varios días con sus noches, las manchas de alcohol o de café, los puchos apagados contra el polvo grasiento.
—Yo no quiero que nadie me espere —dice—. No quería.
—Para no sentirte obligado a esperar a nadie —dice Clara—. Por eso.
—Puede ser. No sé. Puede ser —dice Mariano, y dice—: No importa.
Las palmas de las manos de Clara forman un cáliz que le sostiene y le aprieta los músculos de la cara. Esta cara que parecía no cambiada. Si se pudiera, piensa Mariano, ser más fuerte que la pena y el olvido. No quiero empezar otra vez con aquellas guerrillas inútiles: me dijiste, te dije, no fue eso, sí fue, quise decir, no quise, sí quisiste, no. No quiero haberte lastimado nunca. No quiero defenderme. Si se pudiera decirte que en la prisión vos eras la única libertad que ellos no podían arrancarme. Si se pudiera verte todavía la alegría sacándote chispitas por los poros de la piel. ¿Sabés? Si se pudiera. Fue un asesinato. Ya sé. O no. El amor era un dios primitivo: me exigía sacrificios: se había muerto de hambre.

—Seguís sin decirme.

—¿Qué?

—Por qué volviste.
Mariano mira al techo. Decirte: me sentía ladrón. Decirte: estaba usando una libertad que no era mía. Y además, ¿por qué vuelve el animal salvaje a beber del agua de la cañada? Pero no dice nada.
—¿Querés que te lo diga yo?
—No. No me hagas preguntas. No me gusta que me hagan preguntas. —Ya sé. Te sentís como si te estuvieran mandando. Yo debería saberlo. Todavía vivís defendiéndote. Como antes. Antes, también eso me gustaba. Pero yo cambié, Mariano. Yo cambié.
Mariano quisiera besarla o quisiera romperle la cara. En cambio, le dice: “Perdoná”. Aprieta el vaso entre los dedos. La mira mirarse las uñas comidas; la mira mirarlo como si él fuera transparente y también quisiera que no hubiera pasado el tiempo y que no hubiera pasado nada. ¿Hasta qué edad se puede creer que la noche es una diosa peleadora y no el resultado de la rotación de la tierra? Enciende un cigarrillo: confirma que sigue mal del pulso. Pide más vino. Podría decir que ha vuelto para hacer algo por su pobre Tierra y por lo que le merece ser salvado; y eso sería verdad. Pero sería solamente una parte chiquita de la verdad.
—Uno decía: “Brindemos por la próxima vez”, y en el fondo sabía o temía: “No habrá ninguna próxima vez”. ¿Qué somos, Clara? ¿Fantasmas borrachos que andan por ahí? ¿Qué somos todos nosotros? ¿Qué mierda somos? ¿Por qué se arruina siempre todo? ¿No podemos hacer nada que dure?
Mariano siente que muy del fondo le brota la necesidad de hablar, de contarle. La prisión. La importancia universal de una frazada y una manzana. La memoria de tu cara. En el espacio breve de tu cara cabía toda mi libertad y sobraba sitio. Contarle: “Pero las caras se sueltan y se van. Una noche le pedís una cara a la memoria y la memoria no segrega nada. La muerte es eso. No poder recordar. Eso”. Contarle: “Me colgaron de una cruz de madera, con las piernas abiertas hasta rajarse”. Contarle: “Alguien había escrito en la pared de la celda: Afuera siempre creyeron en vos”.
Hablarle, contarle, decirle: quedar vacío. Pero sonaría a súplica o chantaje.
—¿Por qué se joden siempre las cosas? ¿En qué momento se joden para siempre?
Clara lo mira, mordiéndose los nudillos. De pronto hace chasquear los dedos y abre el bolso, como apurada, y saca una libreta de tapas negras. Mariano parpadea: es su rotosa libreta de teléfonos y direcciones. La acaricia con la mano. Las tapas correosas, cuarteadas. Con el pulgar, hace correr las páginas. De la A ala Z. La orejea; la abre. La cierra.
—Así que se salvó.
—Varias cosas se salvaron. Está muy deshecha. Tendrías que pasarla en limpio. Yo no me animé a tocarla.
—Yo tampoco me animo. Me da miedo.
Y piensa, y los discos, y los libros, ¿qué se habrán hecho? Una queja de saxos, una garúa de guitarras, una huella digital impresa en una página, los amuletos regalados por las mujeres que amé y los hombres que fueron mis hermanos: una cápsula de una bala calibre 22, una piedrita transparente para apretar entre dos dedos y alejar la desgracia, un caracol de colores, un caballito de mar: sí, yo te había dicho: no importa perder las cosas, las cosas no significan nada. Pero ahora me pregunto: aquellas cosas que yo quería, ¿qué se habrán hecho?
Esta libreta. Esta libreta:
—Está toda llena de muertos, Clara, y de gente que se ha ido. Te podría decir: los conocí, por lo tanto no están muertos; los conocí, por lo tanto no están lejos. Sería una puta mentira.
Tienen sed. Piden más vino blanco, y luego más. Cada uno siente las rodillas del otro bajo la mesa; las piernas se mueven, se extienden, se entrelazan. Ahora fuman del mismo cigarrillo. Ahora no están tan lejos del otro tiempo, cuando dormían abrazados y nada iba a poder destruirlos y esa insensatez era mejor que la memoria y que los días siguientes y se despertaban y se encontraban los ojos y pensaban: pobrecito Dios, que no puede nunca estar así, por el trabajo que tiene.
Clara echa la cabeza hacia atrás. Él le mira el arco del largo cuello flexible y sin collares, el borde de la blusa: bajo esa tela azul, en las hendiduras que conducen a los hombros, hay algunas pecas. Era lindo recorrerlas y demorarse. Clara juega con un mechón de pelo, se lo pone de bigote, lo mordisquea. Ella había sido payasa, de muy chica: andaba siempre vestida con la ropa de los hermanos mayores, con un sombrero muy aludo en la cabeza, y andaba descalza, y siempre se le rompía el dedo gordo del pie en los saltos mortales.
Clara dice:
—Mariano.

Y dice:
—Acariciame la cara. Eso. Así. Mariano siente entibiarse la piel contra la palma de su mano abierta y ella inclina la cabeza y le roza el dorso de la mano con los labios. Ella dice:
—Quería que volvieras. Sí quería. Quería, Pirata.
Después se levantan, después salen. Mariano renguea de una pierna. La espalda de ella siente frío y él le sube el cierre de la blusa.


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