jueves, 17 de noviembre de 2011

Voy a esperar las doce para que sea mañana.

El mañana mío.

Arrastrando la luna que se escurre entre las nubes. El humo de otro cigarro. Los errores de redacción, de ortografía, de dedo y los otros.  Las miles de nubes que he coleccionado por más de dos años. Las alegrías de mis hijo y las tristezas. El amor real, genuino y verdadero.Todo lo que he dicho. Todo lo que no he dicho. Las cosas que quise hacer y que todavía tengo tiempo de hacerlas. La nostalgia del olor a café en la casa cuando era niña, de los barquitos de papel cuando llovía, de las mil historias contadas en la penumbra de la sala, de las mil historias inventadas por las mentes de aquellos niños que éramos. Todos los olores y colores. Las caídas. Los dolores. Lo aprendido a fuerza de dudas y soledades y preguntas y entierros y destierros y paredes y muros y puertas cerradas.


Voy a esperar las doce para que sea mañana.


Arrastrando mariposas azules, boleros cantados a la luz de la luna, canciones que dicen y cuentan y repiten: Pink Floyd, Enrique Bunbury, Elvis, Sanz, Miguel Bosé, Jack Johnson, la Javiera, Jarabe de Palo. A Damien Rice sonando una y otra vez, entender las lágrimas, entender el odio, entender la vida. Y un sol amaneciendo a mil kilómetros de casa tras los ventanales del aeropuerto de un país extraño.


Arrastrando lo que soy y lo que pienso, lo que me niego a ser y a pensar. Mi colección de dedales que crece por el cariño de los amigos. Los amigos que son, los que fueron, los que no pueden ser. Las palabras que derramo en todas partes. Las palabras que me dan vida, la razón de ser y seguir pensando y seguir luchando y seguir creyendo y seguir creciendo. 


Las palabras.

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